El caminante y su España


Mariano Rajoy tiene básicamente tres fotos: la de presidente del Gobierno en España, la de apreciado gobernante en Europa y la que estos días se publica, con su pantalón corto, sus zapatillas y su camiseta de deporte. Las dos primeras entran en su sueldo, aunque son las que pasarán a la historia. La tercera es la más sugestiva. Las vacaciones no serían vacaciones sin esa imagen del presidente caminando por la Ruta da Pedra e da Auga al lado de José Benito Suárez. Algún día habrá que levantar allí un monumento o poner una placa que recuerde aquellos paseos presidenciales. Hubo un tiempo en que un posado en bikini de Ana García Obregón en no sé qué playa inauguraba oficialmente el verano. En los últimos años, el paseo de Rajoy por tierra de su tierra es la señal oficial de que España está de vacaciones.

«Galicia me inspira», dijo en alguna ocasión, y yo lo imagino mirando los árboles centenarios, que han aguantado temporales y sequías y siguen ahí, dando sombra al caminante. Han resistido, y de ahí le viene a él la paciencia para resistir. Cada mañana contempla el camino, que es largo y con tramos de dureza, como la legislatura, y el gobernante recuerda su despacho, los pactos que no se acaban de cerrar o cumplir, y él concluye, como el verso de Manuel Machado, «mientras hay camino alante, el caso es andar y andar». De pronto se cruza un mirlo, el gobernante piensa en su nido escondido en un seto, y aprende de él la discreción y el disimulo, como si viera volar a Puigdemont.

¡Uy, Puigdemont! ¿Qué estará haciendo Puigdemont mientras él avanza por su sendero de soledades? Estará tramando algo, estará maquinando algo, debería traerlo a Ribadumia, lejos del poder y la ambición, debería traerlo con Junqueras, que Galicia serena el alma y hace ver que hay vida más allá de Cataluña. Pero el gobernante aparta de sí esa imagen, ese lío, que estamos en Semana Santa. Solo le pregunta a José Benito Suárez si cree que el Gobierno lo hace bien en Cataluña, y José Benito, que sigue viviendo en Galicia, le responde: «Tedes días, Mariano, tedes días».

A la vuelta de la caminata, el gobernante pone el telediario. Ve que la ocupación hotelera es la más alta que se recuerda. Ocho o nueve millones de desplazamientos por carretera. Hay ciudadanos a los que ponen el micrófono y parecen felices en sus escapadas a pueblos y playas. Las procesiones están a reventar. Siente la tentación de pedir a un periodista que le entreviste para decir que todo eso es fruto de la recuperación económica. Lamenta no poder decir que España va bien, porque parece un plagio de Aznar. Y cuando se empezaba a relajar, apareció en el televisor la vera efigie de Puigdemont. Nunca es completa la felicidad.

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