Viva Portugal


Economista y experto en demografía

Amo Portugal. Quiero que viva y prospere. Si crece, todos ganaremos. Por eso me espanta que pueda perder una cuarta parte de su población antes del 2080. Esas son las proyecciones publicadas por el INE luso. Sería un desastre sin paliativos. Que suceda esto con una deuda pública que ya supera el 130 % de su PIB es aterrador. Algo hay que hacer ya, porque los escasos jóvenes portugueses no podrán soportar la pesada hipoteca que han de amortizar, a la vez que costean los retiros de su legión de ancianos.

No pequemos de soberbia desde España. No estamos para dar lecciones. Aunque nuestra deuda pública es algo menor -casi el 100 % del PIB-, vamos a la par en infecundidad, y por tanto en carga de pensiones. Compartimos la última posición entre los Estados de la UE, con 1,3 hijos/mujer -Galicia 1,1-. Los analistas de las mayores gestoras mundiales de deuda nos van a enfilar. Imagino a un lampiño becario de Pimco en California desaconsejando comprar nuestra deuda cuando el BCE no pueda seguir con su milagrosa contención de los tiburones que huelen sangre. Estos son los hechos y tenemos que construir otros, sin limitarnos a llamar pérfidos a los malvados. En economía, también, si vis pacem, para bellum. Por eso hacer acopio de juventud bien formada y cosmopolita es indispensable. Quien no lo quiera entender deberá recordarlo en su mísera senectud, olvidando la memez de la silver economy -plateada por canosa- y el active ageing. La geronomía es declive.

Pero mientras no conseguimos amortizar deuda y regenerar la población, podemos estudiar medidas catalizadoras para acelerar el proceso de mejora. Una de esas medidas, seguramente la principal, es plantearse si podemos federarnos. Ya sé que habrá nacionalistas que equipararán ese movimiento al de fusión entre dos entidades financieras desfondadas. A ellos les recordaría que los pueblos no son cajas y, sobre todo, parafrasearía la cita del sublime Charles de Gaulle: los patriotas aman a su pueblo sin odiar al vecino, pero los nacionalistas odian al vecino para cautivar a su pueblo.

Si hubiese gente con sentido histórico, a ambos lados de la frontera surgirían comités cívicos para postular la creación de una federación con capital en Bragança, lo que serviría para certificar la buena fe del federado con más peso y para dinamizar el deprimido interior de ambos Estados -véase Ourense-, en vez de saturar sus caras capitales con más demanda de suelo. Una federación serviría para ganar estatus en el directorio europeo y sería un gran paso hacia la verdadera unión federal europea. Ese sí que sería un golpe de timón para abandonar la derrota que nos conduce a la decadencia y al colapso.

¿Difícil? Sí. ¿Utópico? También. Pero quienes hemos podido conocer la abrogación de la milenaria esclavitud, la sustitución de las tiranías por democracias e, incluso, la reconciliación entre Francia y Alemania, no podemos resignarnos a dejar de proponer algo distinto para obtener diferentes y mejores resultados.

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