Horrores de la televisión


Una persona que suele pontificar en un programa de televisión se quejaba el otro día ante la audiencia de algo que sobre ella se estaba diciendo en las redes sociales. «Eso es un latiguillo lanzado desde Italia», decía furibunda. El empleo de latiguillo (‘palabra o frase que se repite innecesariamente en la conversación’) por infundio, noticia falsa, engañifa, pajarota, bulo, mentira, especie falsa o especiota era muestra de un fenómeno muy frecuente en la televisión, la confusión entre voces semánticamente ajenas entre sí.

Al poco del incidente, que seguramente pasó inadvertido para el público entregado, el mismo predicador volvió a las andadas. Dirigiéndose a un concursante, proclamó ufano: «Eres un ejemplo de superioridad». Cuando ya creíamos que todas las personas nacemos iguales, parecían volver viejas tesis. Pero no había que alarmarse. El ejemplo que daba el aludido era de superación, de haber logrado superar graves y penosas dificultades.

Antes de cerrar el micrófono, el disparatista tuvo tiempo de soltarle a un concursante: «Has sido siempre único y una sola persona». Efectivamente, si él solo hubiese sido más de una, habría sido noticia de telediario.

Animados por la cosecha, dejamos en un brazo del sofá recado de escribir. Y a fe que no tardamos en echar mano de él. Emitían un programa de ligoteos y uno de los participantes hizo un comentario fruto de una profunda reflexión: «Los zapatos de tacón esterilizan mucho». Lo que nos llevó a imaginar a una dama que, calzada de tal guisa, clavaba el afilado tacón de su zapato en los órganos de regeneración de algún sobón impertinente. Aún lagrimeando de solo imaginarlo, caímos en la cuenta de lo que, al parecer, hacen los zapatos de tacón, estilizar (‘hacer parecer más delgado’) a quien los usa.

Otro interviniente en un concurso de esos en los que no se hacen preguntas de cultura nos impresionó cuando dijo de cierto episodio que parecía un «póster gay», si bien es cierto que pronunció a la inglesa, [posterguéi]. El contexto acabó por hacernos caer en la cuenta de que se trataba de un poltergeist, un tipo de fenómenos paranormales que puso en circulación la película homónima.

Acabó de llenarnos el folio una de esas cosas que llaman realities, donde un señor maduro se quejó tras un frustrante entrenamiento como boxeador aficionado: «Estoy superengarrotao. Tengo el brazo engarrotao». Algunos también tienen engarrotá la cabeza.

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