Océano de dolor y muerte


La exposición en el Reina Sofía con ocasión del 80.º aniversario del Guernica es una bofetada para la memoria. Icono contra las guerras, nos hace ver a una mujer entre las llamas, al lado de un toro, con el cadáver de su hijo en brazos. Para Picasso, aquella España era un océano de dolor y muerte. El bombardeo, por la legión Cóndor, de una localidad que no era objetivo militar, simbolizó para siempre la brutalidad contra la población civil, en este caso para beneficio de insurrectos contra la democracia republicana.

Todo vuelve. Las armas químicas lanzadas por locos genocidas sobre civiles en Jan Sijun el martes han dejado a la vista del mundo entero a decenas de niños muertos por angustia respiratoria. Las madres y los padres que no tuvieron la fortuna de morir al mismo tiempo, nunca olvidarán sus espasmos musculares, pupilas constreñidas, defecaciones involuntarias y el pánico por no poder llevar el aire a los pulmones, en una agonía insoportable.

Ofende la falta de condenas de los gobiernos democráticos del mundo, uno detrás de otro, en fila, gritando al unísono: nunca más. El nuestro, mismamente, y el resto de partidos con representación parlamentaria, se pasaron el día del atentado hablando de sí mismos. Ni una declaración institucional, ni un comunicado de repulsa, ni un pronunciamiento del Gobierno... Tampoco lo hicieron otros países europeos que, como el nuestro, se resisten a acoger a la cuota de refugiados que les corresponde. Llama la atención, por diferente, una declaración del presidente de Estados Unidos que aún no ha sido decodificada por los expertos en trumpismo, y que, por lo tanto, parece lo menos malo, visto lo visto.

Tampoco deberían sorprender tantos hombros encogidos entre los probos líderes mundiales. Falta mucho por ver todavía porque en la aldea global los asesinos podrán repetir hazañas similares sin mayores problemas. Aún quedan muchos seres humanos destinados a ser daños colaterales de esta Tercera Guerra Mundial focalizada en territorio sirio. El sudor, las lágrimas, las violaciones, las torturas o el hambre y el frío insoportables de las 157.000 personas que han acudido a algún centro de acogida procedentes de Mosul, todavía pueden aguantar y otras 600.000 permanecen atrapadas en sus entrañas. Queda mucha materia prima... sin contar los cuatro millones de transmigrantes sirios -que contabiliza Acnur- en busca de refugio. Entre ellos se muere con la misma facilidad, sin conmiseración por razones de sexo, edad, raza o situación económica previa. Pura carne de cañón deambulante, o concentrada en campos que aún no nos atrevemos a llamar de exterminio.

Como nos queda lejos, solo sabemos de este sufrimiento a través de los medios. Comparten pantalla con series televisivas donde imperan la violencia, los muertos vivientes, asesinatos con rebuscadas torturas y eficientes policías que encarcelan a los culpables y nos hacen sentir seguros en nuestro primer mundo. Todo pasaría por delante de nuestra burbuja si no fuera porque esta guerra tiene momentos molestos para nuestra sensibilidad. Tendremos que volver a los dos rombos antes de los telediarios, no se nos vaya a indigestar el aperitivo. Por cierto, no dejen de ver la exposición del Guernica. Aquellos horrores ya son historia y según parece, la Siria de hoy, a diferencia de la España de hace 80 años, no debe ser un océano de dolor y muerte.

Disculpen mi estómago sensible. Voy a vomitar.

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