¡Gibraltareña, olé, olé, olé!


Nos pasamos media juventud declarándole nuestro amor a la gibraltareña y prometiéndole que cruzaríamos la línea para besarla junto al Peñón. Y nos vamos a ir a la otra vida entonando la misma canción, con ayuda de los Tres Sudamericanos, que fueron quienes en uno de los muchos ataques de patriotismo que padecimos, se forraron con aquella simpleza de que «España mostró el camino de la verdad, por eso le estoy cantando a su libertad».

Lo del Peñón está como estaba hace 200 años. Todo lo de estos días de que después del brexit se queda en Europa y por lo tanto pasa a ser español; lo de una guerra del conservador Howard; y lo de que la UE permite a España comportarse como un matón, del intelectual Picardo, forma parte del espectáculo cómico-taurino entablado entre quienes no quieren seguir a nuestro lado y los que nos quedamos, eso sí, muy dolidos y preocupados.

Lo de «Gibraltar español» le dio un extraordinario rendimiento a la dictadura, y hasta le permitió subir enteros en la época de mayor oscuridad. Pero a estas alturas volver a recuperar el asunto denota la escasa responsabilidad de las autoridades europeas, de las británicas, de las gibraltareñas y de algunas españolas.

Los problemas europeos son otros. Los de España, también. Y mucho más serios y preocupantes. Si se les quiere meter el dedo en el ojo a los británicos porque ya emprendieron el camino sin regreso, que se busquen otros asuntos y que dejen en paz a Gibraltar. Porque «fueron muchas noches las que soñamos con nuestro amor», que ya nos hicimos a la idea de que si queremos a la gibraltareña tendremos que cruzar «la línea para besarte junto al Peñón. Olé, olé, olé. Por ti, gibraltareña, yo viviré». Que no nos lo cambien ahora.

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¡Gibraltareña, olé, olé, olé!