La cuarta revolución industrial: la apuesta por la digitalización


La digitalización marcará un nuevo resurgir económico del mundo, cambiando la forma de trabajar y de relacionarnos. Hasta ahora, la innovación era el factor clave que más contribuía al desarrollo económico de los países, constituyendo el motor para afrontar los cambios más relevantes de la evolución de las sociedades. Hoy, la digitalización se ha convertido en una mega-tendencia, en la que millones de dispositivos conectados entre sí permiten hacer las cosas de manera muy diferente.

La concepción que tenemos en la actualidad de la industria desaparecerá poco a poco. Emergen nuevas empresas digitales, muy ligeras de estructuras. Se sustituirán las antiguas plantas por otras nuevas, muy adaptadas a la automatización y cuyos objetivos consistirán en ser más globales, más eficientes, más competitivas y más integrales. Esta transición del sector industrial dependerá de la adaptación de las personas a las nuevas tecnologías y de su confianza en acometer cambios en las cadenas de abastecimiento de la producción, de la distribución y del consumo.

España posee un retraso importante en el campo de la digitalización (ocupa el puesto 45 en el ránking mundial). Se subrayan tres problemas. Continuamos evitando la apuesta por el cambio; no hemos desterrado el concepto de que la digitalización es muy costosa, y hay que superar el actual desconocimiento técnico. Por tanto, existe mucho margen de mejora y las empresas deben entender dicha dinámica, en la medida en que no hay tiempo que perder.

La cuarta revolución industrial, la denominada Industria 4.0, afecta a toda la economía y podría generar efectos positivos. Se afirma que el sector empresarial español tiene poca capacidad de adaptación a este cambio. Las causas radican en el desajuste existente entre los niveles de formación de la mano de obra disponible y las posibilidades abiertas a las nuevas tecnologías. En segundo lugar, también se deben a las deficientes respuestas de las Administraciones públicas. Y, en tercer lugar, a la escasez de iniciativas privadas, en la medida en que no transitan en la dirección adecuada, sino que apuntan a lograr succionar ayudas públicas de las Administraciones, más que a mejorar su posicionamiento internacional en los ámbitos de la innovación del futuro.

Los institutos de investigación coinciden en los avances para el próximo trienio: la inteligencia artificial; el machine learning (tecnologías capaces de aprender por si mismas a partir de diversos patrones); el Internet de las cosas (IoT); las tecnologías que entienden el lenguaje natural; la ciberseguridad (dotar de conectividad a muchos dispositivos de los hogares, industrias, coches, ciudades, etcétera); el desarrollo de la impresión en 3D (que será utilizada por las empresas en más de una cuarta parte de sus procesos de producción); los drones (a utilizar en tareas de inspección y mantenimiento de infraestructuras, plantas industriales o en cultivos agrarios y forestales); los robots (ya sean colaborativos o en tareas reservadas en la actualidad a los humanos), entre otras.

Apostar por la digitalización significa, pues, reforzar iniciativas eficientes y competitivas, generadoras de empleo y respetuosas con el ambiente. Aquí radica el desafío.

En España se subrayan tres problemas: continuamos evitando la apuesta por el cambio; no hemos desterrado el concepto de que la digitalización es muy costosa, y hay que superar el actual desconocimiento técnico.

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