Ascenso y descrédito del nacionalismo tenebroso


El presidente de la Generalitat defendió el martes en el Parlamento de Bruselas su delirio nacionalista y como era de esperar hizo un ridículo espantoso. Al no concedérsele carácter oficial a su visita, Puigdemont debió abonar el alquiler de la sala que utilizó para su mitin, sala que al igual que los restantes gastos de la turné (120.000 euros) pagó con dinero público. Es decir, todos los catalanes sufragaron el inútil festejo independentista de la Generalitat, pese a que más de la mitad rechazan la secesión de un modo radical. ¡A eso se le llama democracia, respeto al pluralismo y pulcra inversión del presupuesto, sí, señor!

La asistencia al mitin resultó, por lo demás, tan imponente que provocó que a los viajantes se les helara la sonrisa al comprobar el desprecio general hacia la mercancía que querían colocar: no había allí ni un alto representante de la UE y solo una quincena de parlamentarios (entre ellos, la del BNG, ¡faltaría más!), cifra notable que supone el 2 % del total de los 751 diputados de la Cámara europea. Un éxito rotundo, indicativo, qué duda cabe, de la radical antipatía que suscita la sublevación secesionista y el nulo apoyo a la fantasmagoría nacionalista de que el catalán es un problema europeo al que Unión no puede dar la espalda. ¡Ya se ve!

Puigdemont calculó mal, sin duda alguna, pero su grave error no es más que la consecuencia de la trágica incapacidad del llamado nacionalismo de izquierdas, del que él es hoy un tonto útil, para entender que el tiempo de sus engaños ya pasó. Se acabó la identificación entre nacionalismo y modernidad o entre nacionalismo y progresismo, que tuvo, por ejemplo en España, gran predicamento y que todavía sostienen hoy algunos socialistas despistados en Galicia, Valencia o Cataluña. El nacionalismo ha dejado de estar de moda, excepto entre los sectores más atrasados de la sociedad, que son quienes ahora apoyan, contra el avance de la historia, sus propuestas y reivindicaciones.

Y es que el nacionalismo ha enseñado de nuevo, como en el período de entreguerras, su cara tenebrosa. Por eso, salvo para quienes han sido abducidos por la inmensa sandez en la que se sostiene su discurso (somos los mejores y los demás nos amenazan), el nacionalismo es un impulso reaccionario que lucha contra la modernidad como lo hacen ya pocos movimientos políticos contemporáneos: defiende el proteccionismo, reniega de la libertad de movimientos de las personas, quiere sociedades homogéneas frente la pluralidad política y social, e identidades cerradas frente a la globalización.

El nacionalismo es hoy la base esencial del America first (América primero) de Donald Trump, del We want our country back (Queremos que nos devuelvan nuestro país) del UKIP en Gran Bretaña, o del Défendons nos couleurs (Defendamos nuestros colores) del Frente Nacional en Francia. Todos cabalgan a lomos del chovinismo patriotero. Ganan votos entre gentes asustadas, es verdad, pero han perdido toda respetabilidad social y cultural. Así de claro.

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