Una revelación «de ultrajuicio»

Un concejal de Lugo es procesado por asesinato. «El público salta a la sala por las ventanas». Tras una condena a cadena perpetua, el reo habla desde prisión


Redacción / la Voz

17 de enero 1905

Comienza en Lugo un juicio del siglo. Asesinato a martillazos. La víctima, Antonio Ledo, vivía de lo que le rentaban los ahorros que se había traído de Cuba. Invertía y prestaba. El acusado, Abelardo Taboada, era, en el momento del crimen, teniente de alcalde y procurador de los tribunales. Se enfrenta ahora a la pena de muerte.

Primera sesión. «Para demostrar cuán vehemente es el interés para concurrir á las vistas, basta el siguiente detalle. Las tarjetas de felicitación de Pascuas que había repartido días pasados el presidente de la sección de Derecho, Sr. Ulloa Fociños, fueron utilizadas por muchas personas poniendo al pie del nombre del magistrado la nota de ‘‘Permítase la entrada en la Audiencia al dador de la presente’’». Y aún más: «El público salta a la sala por las ventanas».

La Fiscalía expone los hechos: Taboada asesina a Ledo para robarle 8.000 pesetas y un día después huye en tren hasta A Coruña. Y de ahí, a La Habana en barco, ignorante de que hubiese tratado de extradición con Cuba. No pasa ni un mes hasta su detención.

El letrado del reo sostiene que el móvil del homicidio no es el robo y que no hay premeditación. Que la muerte se produce durante una discusión por una hipoteca. En lo que sí coinciden fiscal y abogado es en que la disputa la zanja un martillo.

El segundo día pasan por la sala testigos y peritos que parecen comprometer la versión de la defensa. Entre ellos, una retahíla de acreedores de Taboada. Desde concejales hasta camareros. Tras las declaraciones, el fiscal formula su acusación. Después de tres horas de discurso, se dirige implacable al jurado: «En vuestras manos está el honor de Lugo».

Al día siguiente, Taboada es declarado culpable «de haber matado a martillazos a don Antonio Ledo registrando después sus bolsillos con ánimo de lucro», aunque se descartan la mayor parte de las circunstancias agravantes. De este modo, el ministerio público pide finalmente cadena perpetua. Y esa es la sentencia que se dicta en la última sesión.

«Vayan a verme a la cárcel»

Antes de abandonar la sala, el condenado se gira hacia la prensa. «Vayan á verme a la cárcel», ruega.

«Había, mejor dicho, hay aún, en el proceso ya concluso, lagunas y misterios», considera el periodista de La Voz. Así que, en compañía de otros colegas, acude 24 horas después a la prisión. Dice su última crónica, que titula Revelación de ultrajuicio: «Compareció Taboada, envolviéndose en la capa é inclinada la boina sobre el rostro atezado. Y allí, en la soledad del amplio corredor á medias envuelto en la penumbra del día que acababa, puesto en pié casi debajo de un ventanal que le daba su luz haciendo destacar su figura con tonos vigorosos, Abelardo habló»: «Yo estaba en situación precaria. Ya se ha visto el desfile de acreedores, de acreedores amigos, que hasta por un duro me acusaron [...]. Cuando un día, bastantes semanas antes del crimen, me echó mano don Antonio [...], me asaltó el pensamiento de la hipoteca, para realizarla con aquel buen amigo». «Con el dinero que me prestase podría pagar a los demás y entonces, sin el agua al cuello, trabajaría con mayor desembarazo, olvidaría juego y distracciones...», explica Taboada.

A continuación asegura que Ledo se empeñó en darle el dinero antes de que estuviesen arreglados todos los papeles y que no quiso recibo alguno. «Dije que había recibido el dinero el día antes del crimen y en realidad pasaron dos. Me dijeron que así convenía á la verosimilitud de la defensa».

Tras esos dos días, prosigue el condenado, Ledo acudió a su despacho y le espetó: «¡Usted es un pillo! ¿Usted cree que el dinero que me costó tantos años de trabajo va a llevárselo así como así de entre las manos? ¡Ca, hombre! [...]. Lo he averiguado todo. [...] La casa ya la tiene hipotecada».

Taboada cuenta que tenía separado el dinero en varios paquetes y que cogió uno y se lo dio. «Mi error estuvo en no dejarle hacer y callar. Creía que allí estaba todo y tal vez hubiera salido. Pero nervioso y excitado también le grité: ‘‘¡Son cinco mil pesetas! Las otras tres mil me hacen falta’’». Y «Ledo, levantando una silla, me acometió».

«Me cegué [...]. Cogí el martillo, que la fatalidad puso al alcance de mi mano, y di un golpe... dos golpes... No sé».

El periodista le pregunta por qué revela detalles de los que no habló ante el jurado. «No hubiera creído el relato á pies juntillas. Había prejuicios que no desconocerán ustedes y tuve que atemperar la declaración á las de los testigos», contesta.

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