Ese infierno llamado guerra


La Pascua Militar y la demanda de más y mejores medios para combatir el terrorismo yihadista que vienen de plantear la ministra de Defensa y el rey de España, pone sobre el tapete nuestro papel en las guerras del siglo XXI. Gestionar la defensa nacional es imprescindible y su importancia, estratégica, pero tiene el lado oscuro de la fabricación y exportación de armas a países de muy diverso signo y calidad democrática donde se nutre, precisamente, este terrorismo. Atentados en Francia, Siria, Líbano, Alemania o Turquía exhiben la fuerza de esta nueva forma de guerra que nos involucra, sin reflexionar sobre nuestro rol de mercaderes del armamento que la alimenta, y que son nuestras empresas -públicas, o con ayuda de recursos públicos- las que lo fabrican y/o lo venden.

La tendencia es al alza, según el informe del Instituto Internacional de Estudios para la Paz, de Estocolmo. Entre el 2007 y el 2011 las exportaciones de este capítulo triplicaron las del quinquenio anterior, con los buques de Navantia (entre las 100 primeras fabricas de armas del mundo) concentrando el 66,5 % del valor total; no fabricando yates de recreo, sino buques de guerra, submarinos, fragatas, corbetas o patrulleros para Noruega, Australia, Venezuela... El aumento va unido a la ampliación de los mercados que cada vez más están en el mundo árabe hacia donde se duplicaron las exportaciones: en 2013, más del 30 % del material militar español fue para las petromonarquías del Golfo.

Una de las cuatro empresas españolas de armamento terrestre que figuran en el top 100 mundial es la antigua fábrica de armas Santa Bárbara, que dio trabajo a varias generaciones de gallegos. Su declive generó una enorme crisis en A Coruña, donde tuvo sus primeras instalaciones. Desde su absorción por el quinto mayor fabricante mundial, General Dynamics, ha participado, junto a otras empresas de países de la OTAN, en la fabricación de los carros de combate Leopard o del vehículo antiminas RG-31 Mk5E, además de fabricar sistemas de artillería, misiles y municiones.

Otro caso notable, sin entrar en su valor económico, solo su trascendencia en la crisis de los refugiados, son las concertinas que fabrica la empresa malagueña European Security Fencing (ESF), única productora europea. Véase el muro de Melilla: no importa cuántas vidas humanas y cuánto dolor han quedado entre los filos metálicos de esta arma de destrucción masiva, lenta y extenuante, terrorismo de Estados que quieren poner puertas al campo, sea cual sea su consecuencia. También somos primera potencia mundial en el diseño, fabricación y exportación de vallas asesinas.

Ignorar la importancia de la industria armamentística en la economía y el mercado laboral es producto de la desinformación. Otra cosa es negar su componente violento de comercio con la muerte. Habría que evitar ser proveedores de quienes pueden venir a por nosotros mañana. La cuestión siguiente será preguntarse dónde acaba nuestra tolerancia con una actividad productiva que genera enormes ingresos a los países suministradores. Entre ellos, y no el menor, España. Francamente, no sé si la ministra y el jefe del Estado Mayor de los Ejércitos tenían esto en la cabeza cuando hacían su discurso durante la Pascua Militar.

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