El farolillo independentista como síntoma


El 22 de septiembre del año 2015, cinco días antes de las últimas elecciones autonómicas en Cataluña, me reuní en Barcelona con Jordi Sánchez, que era entonces, y sigue siendo hoy, presidente de la Assemblea Nacional Catalana. Quería informarme de primera mano sobre las propuestas de la principal plataforma impulsora de la reivindicación independentista. Me había documentado para aquella cita y, habiendo leído el cúmulo de ensoñaciones históricas, desatinos jurídicos y groseras deformaciones de la realidad que sostenían los miembros de la Assemblea, esperaba encontrarme con un personaje histriónico, un charlatán de feria pasado de vueltas al estilo de otros líderes radicales que he tenido oportunidad de conocer a lo largo de mi vida. Lo primero que me llamó la atención es que Sánchez no me citó en la sede de la Assemblea, sino en los salones de un céntrico hotel, epítome de la más rancia burguesía barcelonesa.

Para mi sorpresa, el hombre que se sentó frente a mí era una persona de apariencia muy sensata, extremadamente cortés en las formas y con un hablar pausado y elocuente. La calma y el estilo pretendidamente didáctico con el que exponía los mayores desvaríos sobre el pasado y el presente de Cataluña, a la que describía sojuzgada y humillada por España y por los españoles, era precisamente lo que resultaba más inquietante. Impresionaba la convicción, sin atisbo de duda, con la que aseguraba que Cataluña sería un Estado independiente en 18 meses, aunque de aquello hayan pasado ya 16.

No decía esas cosas para provocar, que es lo que muchos creen, sino que estaba convencido. Justificaba casi cualquier cosa en pos de la independencia, incluida la utilización de medios públicos o la convocatoria de actos soberanistas desde la Generalitat. A cualquier objeción le encontraba un remedio que aseguraba la secesión. Le hice ver que, entre otras razones, la independencia no podía proclamarse porque la rechazaban más de la mitad de los catalanes. Y su alucinante respuesta fue que no había problema porque se podía declarar ahora la independencia y, si luego una mayoría de catalanes decidía hacerla «reversible», se volvía a España y ya está. Tal cual. Ahí me rendí y me despedí cordialmente. Muchas veces, el más fanático no es el que más grita.

Por eso no me ha extrañado que el apacible Sánchez ideara la desvergüenza de llamar «a los más pequeños» a portar ayer farolillos independentistas en una cabalgata de Reyes o que, frente a las críticas a ese disparate, respondiera que es una «tradición de hace cuatro años». De nuevo, todo está justificado, incluida la utilización de los niños. Y, de nuevo, de nada valen historia y ritos seculares, porque el independentismo crea sus propias tradiciones en tiempo récord. El problema no es que se hagan esas barbaridades, sino que se vean ya como una cosa normal. Cuando el fanatismo y el sectarismo se convierten en algo cotidiano, el diálogo no sirve de nada. La única cura a esa empanada mental es la educación.

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