Cataluña, despacho, pelas... y paciencia de Job


Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno, tiene despacho en Barcelona y una modesta estancia por si necesita pernoctar para ejercer mejor la tarea que le ha encomendado Mariano Rajoy: dialogar, dialogar y dialogar hasta la extenuación con los independentistas catalanes.

La incógnita es saber hasta cuándo porque como dijo Ortega en su célebre discurso sobre el Estatuto de Cataluña en la sesión de Cortes del 13 de mayo de 1932: «El problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que solo se puede conllevar, y al decir esto, conste que significo con ello no solo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los demás españoles…». Sáenz de Santamaría ha sido imbuida de la paciencia de Job y dotada de humildad franciscana por el superior general, el ourensano (Lodoselo) José Rodríguez Carballo, para que persevere en el empeño y pueda pasar el testigo a sus futuros nietos.

Cuando Rajoy escriba sus memorias quizás redacte alguna frase como esta del Conde de Romanones (1863-1950), primer ministro en tres ocasiones, diecisiete veces ministro, y presidente del Senado: «En mi frecuente paso por el Gobierno he aprendido que la atención de los ministros ha estado absorbida constantemente por Cataluña; cuando no era una cosa, era otra; huelgas, regionalismo, separatismo, sindicalismo, proteccionismo…». ¿Les suena?, porque esto de Cataluña con el resto de España no viene de la sentencia del Constitucional por el recurso del PP, como dicen los falsarios para alimentar la saña política y dividir aún más a las huestes constitucionalistas. Viene de antiguo y es tan antediluviano como el dinosaurio del minicuento de Augusto Monterroso: «Cuando despertó, el dinosaurio estaba allí».

Aquí, en España, cada vez que despiertan a la vida las generaciones que se han sucedido desde Jaime I de Aragón se encuentran con el mismo reptil y su cantinela de odio y enfrentamiento. Esta Navidad su sonido emana de una matraca con las voces de 62 diputados de JxSí y 10 de la CUP que, bajo la batuta de Oriol Junqueras, entonan los adagios los primeros y los molto vivace los segundos. Y así, un día tras otro, vuelve la burra al trigo. La burra catalana, naturalmente, esa raza autóctona, pura y maravillosa que, en forma de pegatina, llevan los independentistas en el coche.

La recuperación de los afectos en Cataluña que piden los catalanes que portan la cabeza sobre los hombros se centra, según ellos, en cuatro aspectos primordiales: lengua, infraestructuras, fiscalidad y Estatuto. Es lo de siempre y no contentará a los recalcitrantes separatistas, pero conllevará el terco conflicto unos siglos más. Lo admirable en esta teatrología es la infinita paciencia del resto de españoles, que por su temple merecen la Creu de Sant Jordi, la máxima condecoración que otorga la Generalitat catalana. ¿Nos la darán algún día por todo lo que les hemos cedido sin reclamarles nada a cambio?

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