El regreso del ratón Pérez


Siempre que llega la Navidad me acuerdo del ratón Pérez, que me cae mucho mejor que los Reyes Magos o que Papá Noel.

El ratón Pérez es un tipo que nos repone las pérdidas sin pedir nada a cambio y que nos acompaña durante toda esa aventura de cruzar la frontera de la infancia en la que nos dejamos los dientes.

El ratón es silencioso, frágil y humilde, no como el fofo de Papá Noel o los Reyes Magos, que vienen con camellos, tiran las copas y se comen el turrón. No, Pérez es discreto, vive en una caja de galletas Huntley, perfumada con un tibio olor a queso y escondida en los sótanos de la pastelería Prats de la calle Arenal 8 de Madrid, como así lo aseguró su creador el padre Luis Coloma, un 17 de mayo de 1886, justo el día en que le regaló el cuento al recién nacido Alfonso XIII.

Al contrario que los Reyes Magos, el ratón Pérez no utiliza espías que se chivan de todo, no chantajea con eso de que si no eres bueno te castigarán a la pena negra del carbón. Simplemente te da cualquier cosa a cambio de un diente caducado.

Al ratón Pérez no hay que escribirle con antelación porque siempre está al quite, como los buenos subalternos; y no digamos nada de las formas: Papá Noel va con un ridículo pijama de lana rojo; los Reyes -salvo los de Carmena- son ostentosos, llegan en cabalgata con coronas, armiños y toda una artillería de caramelos cargados con E-320.

El ratón Pérez viste una casaca azul, unos pantalones bombachos negros y un sombrero campesino de paja con una cartera roja. Muy discreto, pulcro como un funcionario bondadoso y eficaz.

Además, el ratón Pérez nos alivia penas inesperadas y los otros solo nos dan alegrías a fecha fija y con contraseña.

No usa intermediarios, no prevarica ni se deja enredar en convolutos. No administra presupuestos, ni acepta sobornos, no espía el móvil ni vigila los bolsillos y los cajones. Te recoge el diente, te deja un cariño y se va, como hace la gente grande.

Siempre que llega la Navidad me acuerdo de él. Cuando comienza esta jauría de consumo programado, de regalos porque sí, de exaltación compulsiva de la felicidad en medio de este diente por diente cotidiano, me acuerdo de él. Ya no queda gente así, ni dentro ni fuera de este antiguo cuento de Navidad.

Al ratón Pérez le han robado el espacio de la discreción, lo han descubierto colgado en Instagram y lo han apuñalado las redes sociales.

Con la falta que nos hacen gentes como él. Ratón Pérez siempre. ¡Ratón Pérez xa!

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