La guerra de la independencia


La batalla de ayer de la guerra de la independencia se ha saldado con la victoria de los insurrectos. Lograron su propósito, que no era otro que el de tener un paseo triunfal y una mañana de gloria que añadir a su libro de éxitos ante el Estado opresor; el mismo que los martiriza y no les deja vivir. Y una vez que todos vimos a la presidenta Forcadell jaleada y vitoreada por centenares de rendidos admiradores camino del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, sabemos que el balance que hace no puede ser más exitoso. Así que las victorias van de un lado a otro, pero la guerra se mantiene como el primer día. Sin avances significativos.

Porque cuando no se respetan las normas establecidas, ni hay acuerdo, resulta imposible avanzar. Lo estamos viendo en el drama de Alepo, en donde unos hoy y otros mañana se saltan los acuerdos. Y aquí también. Chirría ver a destacados cargos públicos decir «estamos apoyando la desobediencia» como bien podría apoyarla el pederasta de Ciudad Lineal. Chirría tanto como escuchar a Homs hablar de tanques y matones o a Trias retar a que saquen por la fuerza a la presidenta de su puesto.

La providencia del Constitucional dejando en el limbo el referendo y el archivo por el Supremo de la querella contra Fernández Díaz por maniobras de descrédito contra los nacionalistas, no hacen más que enturbiar y agitar la situación, pero sirven para que unos y otros, en un juego que no merece otro calificativo que el de infantil, se apunten las victorias en las escaramuzas del gran conflicto final, que no es otro que el de solucionar una convivencia que lleva años en entredicho.

Y eso es lo que pedimos, hartos y aburridos de choques sin sentido. Que se ponga fin a esta guerra de la independencia porque, como decía Nietzsche, la guerra vuelve estúpido al vencedor y rencoroso al vencido. Aunque la guerra sea tan artificial y esperpéntica como esta.

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