Estafados


Comentaba la semana pasada en qué medida la mentira es consustancial al ser humano y cómo cuanto más civilizados más refinados son los engaños.

Esta semana ha saltado a la palestra la noticia de la detención en la Seo d´Urgell del padre de Nadia, una niña con una enfermedad rara para cuya causa había recaudado miles de euros que nunca se emplearon para su tratamiento, ejemplo paradigmático de cómo hemos pasado del timo del tocomocho en la plaza del pueblo al timo de la telesolidaridad en la Red.

También hemos sabido cómo tres grandes bancos, JP Morgan, Crédit Agricole y HSBC pactaron entre ellos modificar el euríbor a su favor justo en los años más crudos de la crisis, pasándose por el forro sofisticadas normas y controles y laminando a miles de familias. Ejemplo de lo ineficaces que resultan estos procedimientos para contener el engaño y la codicia humana.

Vuelvo a dar la razón al profesor Miguel Angel Bastos cuando rebate el argumento de Arthur Akerlof -Premio Nobel de Economía- sobre lo que este llama la «asimetría de información entre consumidores y proveedores» y que justifica la creación de mecanismos reguladores del control del consumo para protegernos de la voracidad capitalista.

Apunta Bastos al respecto la siguiente idea paradójica: cuanto más usureros haya menos usura habría; porque los usureros acabarían compitiendo entre sí y al final la usura acabaría cayendo a precios de mercado. Igual que ocurre con la difamación por Internet: cuanto más se prohíba peor, porque cuanto más se legisla sobre el respeto al honor, más veracidad se presume a todo lo publicado y quien tiene que demostrar su inocencia será el difamado.

Sin embargo, al difamar más, al mentir todos, la carga de la prueba queda entonces del lado del que miente, siendo este el obligado a demostrar la autenticidad de lo que dice.

Bastos está en contra de que los consumidores tengan derechos tutelados y reclama el derecho a que cualquiera pueda estafarnos cuando le de la gana, de tal manera que sea el propio consumidor quien tenga que protegerse a sí mismo.

Para evitar que nos engañen y evitar abusos -dice- el Estado intervencionista se dedica -siempre previo pago- a expedir licencias, poner controles de precios, controles de calidad, sanitarios, intrusismos, etcétera. Lo que lleva a continuas estafas y a la creación de monopolios y oligopolios, todos desarrollados a través de normas que supuestamente garantizan nuestra seguridad, pero que solo favorecen a los estafadores de siempre que se emboscan tras la red de controles estatales para metersela doblada a los incautos ciudadanos que delegan en el Estado su seguridad y protección.

Tan provocador como lúcido el señor Bastos.

Tengan cuidado ahí fuera.

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