El alquimista de Pontevedra


Nuestro presidente mayor, don Mariano Rajoy (el siguiente es Alberto Núñez Feijoo) maneja magistralmente muchas artes y este cronista no dejará de reconocerlas a medida que las descubre. Algunas son tan conocidas, que resulta un tópico repetirlas: el manejo de los tiempos, si es que los tiempos se pueden manejar; el conocimiento del paisanaje político, la gran clave de su calma; la capacidad de resistencia («yo no hubiera aguantado tanto», le dijo el otro día Jean Claude-Juncker); la astucia, el cachondeo del adversario y otras muchas que llevan camino de convertirse en leyenda. La última que le descubrió este cronista es su genio casi evangélico para convertir el agua en vino.

Lo empezó a mostrar cuando fue investido presidente por segunda vez en condiciones tan precarias que hicieron dudar de cuánto duraría su legislatura. Y lo terminó de lucir este martes, en su cháchara ante el micrófono en el Congreso de los Diputados: vino a decir que el gobernar en minoría es una fantástica oportunidad; vamos, la oportunidad de su vida política para hacer muchas cosas al frente del país: se supone que realizar los pactos que su mayoría absoluta anterior le impedía siquiera proponer; la de invitar a los demás partidos a determinadas responsabilidades de la gobernanza; la de dirigir desde el diálogo y los acuerdos, letanía repetida por sus portavoces y ministros, elocuentes y valiosos médiums de su pensamiento…

¿He dicho convertir el agua en vino? Perdón, presidente, por limitar sus portentosas habilidades. Convierte el plomo en oro, con la eficacia de los antiguos alquimistas. Eso es lo que hace al transformar la precariedad de escaños en oportunidad para gobernar. Supongo que en las próximas campañas electorales ya no repetirá que los votos a Albert Rivera y a Ciudadanos son votos tirados. Al revés: son votos saludables para la gobernación. Incluso las abstenciones y los votos nulos y los votos en blanco hacen un gran servicio al señor presidente y su partido porque los sitúan donde mejor se está, que es en la insuficiencia para continuar la política de la legislatura pasada.

No se lo critico. Ya he dicho que me parece un arte. Supongo que es la versión política de hacer de la necesidad virtud. Y supongo que en algún manual del buen presidente, de lectura obligada en la Moncloa, habrá un capítulo que aconseja el estilo de cómo Maquiavelo aconsejaba al príncipe: nunca des muestras de fragilidad; que tus súbditos nunca te vean decaído; que tus adversarios no perciban tus debilidades; que tus colaboradores te encuentren seguro, que eso fortalece tu autoridad. ¿He dicho «como Maquiavelo»? A lo mejor el nuevo Maquiavelo (y no es un insulto, es un piropo) se llama Rajoy.

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