España, cuanto más lejos de Italia en lo político, mejor


Cualquier mediano conocedor de la política italiana sabía desde hace meses que Matteo Renzi iba a perder el referendo. Al joven florentino le sobraba arrogancia y le faltaba finura para salir victorioso de una reforma constitucional que Italia necesita como el comer.

De haber vivido hoy, Giulio Andreotti hubiera aplicado a Renzi lo que dijo en los primeros pasos de nuestra transición, cuando, de visita en España, los periodistas le insistían en que opinara sobre la política española. Ante tanta porfía, Andreotti encontró una respuesta a la altura de su astucia: manca finezza.

Acertó el político democristiano señalando que la finezza es una buena cualidad para las situaciones políticas enrevesadas como la que ha tenido su paisano Renzi. Pero el exalcalde de Florencia no la tuvo en cuenta para vencer en un referendo que convirtió equivocadamente en plebiscito y al que fue sin tejer antes una malla protectora. No le ha bastado el apoyo de la industria italiana, de su maltrecha banca, del FMI, del Banco Mundial, de Angela Merkel y de Jean-Claude Juncker, porque le ha faltado el más importante: el de una ciudadanía que continúa colgada de un clientelismo escandaloso que la convierte en rehén de la clase política y, en ocasiones y lugares, de organizaciones criminales que con distinto nombre -Cosa Nostra, Camorra, ‘Ndrangheta o Sacra Corona Unita- exprimen las ventajas de una arquitectura que les otorga oxígeno y nutriente para su existencia y engorde.

Italia perdió el domingo la mejor ocasión que ha tenido hasta ahora para dotarse de una norma política ágil, transparente y acorde a los tiempos, y arrumbar la partitocracia (los partidos políticos controlan la provisión de los puestos públicos, sin que haya profesionalidad ni méritos sino amiguismo partidista), la lotizzazione (reparto de cargos públicos entre los partidos) y la tangentopoli (corrupción de políticos y funcionarios), los tres males de una Italia a la deriva.

Su Constitución, en vigor desde 1948, es reflejo de esos años, cuando una mayoría abrumadora quiso evitar que el sistema facilitara la llegada de otro Mussolini. Pero sus 69 años demandan la reforma que Renzi propuso para acabar con una estructura bicameral paralizante y una ley electoral (reformada en el 2015, pero que ahora caerá) que otorga escaño a decenas de partidos de todo pelaje y propicia Gobiernos débiles y de corta duración (40 en 69 años) de tres, cuatro, cinco, seis y hasta siete banderías, formados no para gobernar, sino para repartirse el poder y otorgar canonjías clientelares a costa del contribuyente y de una deuda que supera el 132% del PIB.

Aquí, en España, los independentistas, los nacionalistas, los populistas y los irresponsables de uno y otro signo, incluidas algunas televisiones y medios de comunicación, quieren llevarnos a un procedimiento similar al italiano (pero sin italianos, que diría Felipe González) sin los poderes de su jefatura del Estado, y acabar con una arquitectura bipartidista imperfecta que nos ha dado los mejores años de nuestra recuperada democracia. ¡Qué locos entre tanto estúpido!

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