Que se pare el mundo


Que se pare el mundo. Todo gira a excesiva velocidad. Los cambios de paradigma son permanentes, uno detrás de otro. Sonreímos con los cambios tecnológicos, como si todo fuera un juego de niños el día de Navidad. Que si ayer no había WhatsApp y hoy lo hay, que si el Facebook de la abuela, o el Instagram colorido del tío Manolo. Pero detrás de todo ese lenguaje nostálgico, en donde un cuarentón ya se siente octogenario, hay una nube tangible de alteraciones de los procesos de producción, los modos de relacionarse, de construir las vidas, de sentir el suelo de nuestra existencia, de nuestro simple vivir.

Que se pare el mundo. La sociedad occidental está acostumbrada a tener una verdad. Y es que no lo olvide, somos adoradores de la unicidad. Los amantes del brexit no desean volver a una Inglaterra cargada de viejas costumbres, ni acostarse con un pelirrojo o enamorarse de una mujer de mofletes sonrojados. Desean simplemente saber dónde empieza y termina su existencia. Hoy no lo saben. Como tampoco lo saben los estadounidenses de la América profunda. En un lado y otro hay gentes sencillas, deseosas de creer en el Estado, en su Iglesia, de escuchar voces de autoridad que les digan que el futuro es progreso, pero esencialmente que lo que ha de venir es cierto, exacto, medible. Este es el mundo que nos negamos a reconocer.

Matteo Renzi, en un exceso de egocentrismo, se tiró a la piscina. Planteó una reforma constitucional como si fuera uno de los grandes padres de la patria italiana, y de paso, si ganaba, reforzaba su figura, la de un primer ministro etéreo, nombrado por el presidente de la República, y nunca elegido por el pueblo italiano. Pero no toca. En Italia también desean que se pare el mundo. No más poder ni mayorías reforzadas. No más velocidad. No más Europa. ¿Para qué? Este gran tiovivo que hemos construido es útil para las multinacionales, para las grandes corporaciones, para las industrias cargadas de ejércitos de asesores, para aquellos llenos de músculo. Para los ingenieros de la elusión fiscal. Pero más darwinismo económico, no. Que se pare el mundo y que le dejen respirar.?

Por Venancio Salcines Presidente de la Escuela de Finanzas

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