La terquedad de Fidel Castro


Fidel Castro nunca se creyó inmortal, pero sí que le gustaba desafiar los límites de la vida y de la propia realidad. Así me lo explicó su íntimo amigo el escritor Gabriel García Márquez en el curso de una larga conversación, el único día que pasamos casi entero juntos y que fue el 31 de octubre de 1991. Su gran amigo Fidel Castro, para el que tantas veces él había actuado como «embajador secreto», acaparó, inevitablemente, buena parte de la charla. Eran las mediaciones que el escritor había hecho ante Omar Torrijos, Carlos Andrés Pérez, Carlos Salinas de Gortari, Felipe González, etcétera, y muy especial y delicadamente ante Henry Kissinger (y, más tarde, ante Bill Clinton).

De repente, García Márquez se detuvo en las relaciones con los norteamericanos y, como contrariado, soltó a modo de resumen: «Lo que pasa es que Estados Unidos no entiende a Fidel. No se da cuenta de que, cuanto más le aprieta, más reacciona como un gallego, como el gallego que es. Lo refuerzan en sus posiciones. Ese es el problema».

Sorprendido por la afirmación del nobel colombiano, le pregunté qué quería decir con eso de «gallego», qué atributos le asignaba a esta denominación de origen. García Márquez, que aseguraba ser nieto de abuela gallega, no lo dudó: «Terquedad. Es un ‘‘en mí no manda nadie’’. El gallego es un hombre de una terquedad ilimitada. Es lo que no entiende Estados Unidos». Según el autor de Cien años de soledad, ahí estaba la clave que explicaba la falta de entendimiento. «Porque Castro es gallego, descendiente de gallegos, y no se va plegar nunca -dijo-. Esto está descartado. Lo conozco bien».

Antes de triunfar la revolución cubana en enero de 1959, Castro aseguraba que no le interesaba el poder y que, después de la victoria guerrillera, volvería a ejercer su antigua profesión de abogado. La realidad ha sido que se convirtió en el político que más tiempo estuvo en el poder entre los líderes del siglo XX. Y todo esto, según su gran amigo García Márquez, porque nunca consiguió de EE.UU. el respeto necesario para que él pudiese liberarse sin desdoro para su país. «Soy un esclavo de mi pueblo», llegó a decir; lo cual era, tal vez, la explicación que el dictador necesitaba para verse hermoso en el espejo de la vida. Porque, sí, la terquedad le pudo siempre.

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