Martí en las dos orillas


Entre la crema de malanga y los frijoles negros del menú del café Versailles emerge el caldo gallego, una paradoja más bajo el sol de Miami. Cerca, en el cruce de la calle Ocho con la avenida 13, un monumento recuerda a los caídos en la invasión de la bahía Cochinos. Hay nombres grabados. Esas listas siempre llevan a los ojos una tristeza fría, como si las retinas tocaran el mármol. Muchos de los apellidos son familiares. El eco de Galicia, el mismo que llega a través del mar. Un poco más allá, la senda vuelve a hacer un paréntesis en forma de plazoleta para honrar a José Martí. Es un busto orgulloso adornado con una de las frases más famosas del héroe: «La libertad no se mendiga. Se conquista con el filo de un machete». Y este machete de palabras se ha levantado durante décadas en las dos orillas. En Miami y La Habana. Martí, padre de Caín y Abel. Cuba, ese barco que flota entre la apisonadora estadounidense y la escalera de los sueños rotos. Pintaban un bonito horizonte sin avisar de lo que había en el camino. A Fidel Castro no lo juzgará la historia. Lo siguen juzgando los hombres. Los comandantes entienden de muerte. Pero la muerte, la más revolucionaria, no entiende de comandantes.

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