Mundialización en cuestión


El comercio mundial se ha ralentizado. Se ha reducido la brecha entre el crecimiento del comercio y el de la producción. Los datos del último informe del FMI avisan de que entre el 2008 y el 2015, el crecimiento medio del comercio mundial fue del 3,4 % y el de la producción, del 2,4 %. Las causas de dicha ralentización son la desaceleración sincronizada de las economías avanzadas y las emergentes, y a que fueron los bienes de capital e intermedios los que más se han estancado. Es decir, ha cambiado notablemente la composición de la producción mundial y sus efectos sobre los flujos comerciales. Estas conclusiones poseen un enorme significado tanto en términos de estrategia económica nacional como sobre los factores de atracción territorial. De una parte, se ponen en cuestión ciertas dinámicas de la desmaterialización de la producción; y, de otra parte, se ve afectada la división del trabajo en la economía, en la medida en que se altera la matriz de la geografía de los componentes y de las cadenas de producción.

Desde finales del siglo pasado el comercio mundial había estado caracterizado por una fragmentación de la producción que, a su vez, había sido impulsada por las constantes mejoras en las tecnologías de la información y comunicación, por la reducción de los costes del transporte, por la progresiva liberalización de los intercambios y por el continuo aumento del número de países participantes en el comercio mundial, resaltando la creciente presencia de economías de bajos salarios. La estrategia empresarial era segmentar sus cadenas de valor, separables y cada vez más dispersas geográficamente. Es decir, se procuraba ubicar las diferentes fases de sus cadenas en localizaciones eficientes, o sea, donde sus costes fueran comparativamente menores y en donde se dispusiera de un entorno más favorable para su producción.

Los recientes informes del Fondo Monetario Internacional y de la Organización Mundial del Comercio revelan tres elementos sustantivos de enorme interés. Asistimos a un realineamiento de las economías de los mercados emergentes, a un reequilibro económico en China y a una adaptación macroeconómica y cambio en las estrategias de exportación de las materias primas. Las últimas modificaciones en el comercio mundial vislumbran cambios en las cadenas de integración vertical derivados del proteccionismo. Se asiste a una reducción de los aranceles medios y, paralelamente, a un aumento de las barreras no arancelarias al comercio. Dicho de otro modo, la estrategia basada en el establecimiento y expansión de redes de producción transnacionales se ha puesto en cuestión, de la misma forma que las apuestas por nuevas redes de producción también se han visto constreñidas.

Las razones de dichos cambios se basan en un descenso de la productividad y de un cambio en los componentes del comercio. Ambas variables influyen, y son obstáculos al crecimiento económico, a la generación del empleo y a la reducción de la desigualdad. La consecuencia inmediata se refleja en los factores de atracción regional. Las facilidades y la calidad de las redes de comunicación, las economías de aglomeración establecidas, el tamaño del mercado, la existencia de mano de obra cualificada, el capital humano, los costes laborales, la fiscalidad y los precios de los terrenos se han revelado como factores importantes para medir el atractivo de una metrópoli.

Amparados como estamos en unas condiciones de financiamiento externo favorable y con la constatación de un retroceso en los precios de las materias primas, todo depende de la mayor o menor interconexión de la economía. Pero las objeciones y los bloqueos a estas propuestas son cada vez más amenazantes.

Dani Rodrik (Universidad de Harvard), en su Paradoja de la globalización, advertía de la complejidad de abordar estos temas. Afirmaba que resulta difícil encajar el triple dilema de la globalización; es decir, no podemos conseguir a la vez democracia, soberanía nacional y globalización. Podemos optar por dos de estos elementos, pero no por los tres. Así que tenemos tres escenarios: a) globalización y política democrática, que nos llevaría a algún tipo de gobernanza global; b) globalización y soberanía nacional, que nos encaminaría a la puesta en marcha de algunos corsés, y c) soberanía nacional y democracia, que exigiría lograr algún acuerdo internacional con menos globalización y más respeto a los límites establecidos por cada país.

En suma, buscamos eliminar la incertidumbre exacerbada por los espíritus proteccionistas, evitar el crecimiento desigual y el estancamiento de las economías avanzadas.

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