Bendita y ¿maldita? democracia


El problema de votar es que los votos se cuentan. Y los recuentos no siempre reflejan lo políticamente correcto o aquello que deseamos. Incluso, en ocasiones, ni siquiera nos dejan un resquicio para la esperanza, porque los votos nos dicen que los electores son capaces de apoyar los peores valores del ser humano. La victoria de Trump es una paradoja de la democracia muy difícil de digerir.

Un bruto, inculto, racista, xenófobo, machista, maleducado y dotado de un gran talento natural para el insulto presidirá la primera potencia mundial. Alguien que alardeó de pisotear todas las libertades que vertebran lo que denominamos democracia ha sido bendecido precisamente por esta. Trump ha atacado los principios fundamentales de las libertades, como la igualdad entre las personas con independencia de su sexo, raza o procedencia. Incluso ha hecho bandera de ello para llegar al triunfo. Y a mayores, deslegitimó una hipotética victoria de su rival, es decir, cuestionó la validez del sistema que ahora, con él ganador, nadie pone en duda.

A pesar de todo ello, el multimillonario del pelo amarillento será presidente de los Estados Unidos porque, simplificando el asunto, la democracia así lo ha querido. ¿No funciona el sistema? La democracia pone la pelota en el tejado de los ciudadanos, en quienes delega la responsabilidad de elegir y les otorga por igual el derecho a acertar, equivocarse e incluso cometer barbaridades.

¿Quiere esto decir entonces que 59 millones de americanos son brutos, incultos, racistas, xenófobos, machistas, maleducados y amigos del insulto? Jorge Ramos, latino y uno de los periodistas más influyentes de los Estados Unidos, lo tiene claro: «He pasado mucho tiempo tratando de entender el fenómeno Trump. Y la explicación es la más sencilla: hay millones de americanos que piensan como él, punto. Hay millones de americanos que apoyan a un candidato racista». La democracia no priva del derecho al voto a quienes piensan desde los valores más reprobables y antisociales porque, al fin y al cabo, es una herramienta para las personas. Y son las personas las que, con tal herramienta, pueden darse tiros en el pie si así lo desean. Una democracia sana es el perfecto escenario para que una sociedad enferma se expanda peligrosamente.

En el caso de Estados Unidos, quizá no sea enferma, pero sí ha sido una sociedad herida la que ha encumbrado a Trump. Cuesta creer sin embargo que el temible personaje pueda acabar con la libertad y los derechos fundamentales. Dijo Obama que mañana saldrá el sol. Y así debería de ser. Trump ya es presidente. Ha logrado el objetivo y puede que, poco a poco, acabe con el teatrillo electoral. Quizá descubramos entonces que ha sobreactuado y que, aunque un poco bruto, no se diferenciará tanto de otros presidentes, en cuyas manos el maletín nuclear gozó de cierta tranquilidad. Tal vez el muro no se construya ni once millones de mexicanos sean deportados. Y puede que, en definitiva, todo fueran cosas de la campaña y que solo debamos prepararnos para aguantar a un presidente grosero que cumplió su capricho de millonario de ser el hombre más poderoso del mundo, gracias a la bendita y ¿maldita? democracia.

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