Leones amansados


En Kells (Irlanda) se conservan varias cruces de 12 siglos de antigüedad. En una de ellas, que fue trasladada a una plaza, el profeta Daniel amansa unos leones. Esta cruz está frente a los tribunales y fue utilizada durante siglos para ajusticiar a los reos condenados a muerte. A su alrededor florecen unas rosas, hermosas y ausentes a las tragedias que arrastra el espacio que les da vida. Los verdugos no tienen reparos en cubrirse sus espaldas al amparo de los dioses. «Parece máis ben que Daniel se esqueceu de amansar á especie humana», dice alguien al pie de la representación de la escena bíblica. «La vida humana es como una florecilla que se come la cabra», escribía Chejov en una obra. Que se lo digan en Alepo o a las víctimas del campo de exterminio de Los Zetas, donde cualquier cardo nace con más fortuna que muchos individuos. Aquí, en la otra esquina de la realidad, nos falta la conexión emocional con los territorios de la crueldad y tenemos nuestras propias miserias, las suficientes como para desear otra suerte. Es probable que el destino no se esté portando del todo bien con nosotros. Aunque habrá quien diga que tenemos suerte de que no nos cuelguen de una cruz medieval. Aun así, deberían de recetarnos dosis de caballo de biodramina para afrontar la actualidad que nos invade por todos los medios. El dinero evaporado con la Púnica, la Gürtel o las tarjetas black produce vértigo, mientras las telarañas empiezan a invadir la caja de las pensiones. Nos salva que estamos convencidos de que los paraísos están protegidos por muros inaccesibles y que somos capaces de perdonar las acciones más abyectas y olvidar los hechos más crueles. En el fondo, Daniel va haciendo su trabajo.

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