Empresas con patria y empresas apátridas


Hay empresas con patria y hay empresas apátridas. Las empresas familiares, cuyo congreso inauguró ayer el rey en A Coruña, pertenecen todas ellas al primer grupo: tienen la misma nacionalidad que las familias que las controlan y regentan. Están fuertemente enraizadas en su país de origen y, en consecuencia, resisten en pie los vientos huracanados de la deslocalización. Forman parte de la familia y las familias solo emigran, generalmente, por necesidad. La mayoría de las empresas familiares nacen, se desarrollan y, en su caso, se extinguen en el territorio en el que están incrustadas. Lo que no impide que, cuando el éxito las acompaña, traten de extender sus tentáculos más allá de sus fronteras naturales. La internacionalización no solo es positiva: a día de hoy es cuestión de supervivencia.

Existen también empresas sin patria, que tal vez fueron familiares en sus remotos orígenes, aunque de esa condición solo les queda el retrato al óleo del fundador, colgado en el salón del consejo o en la web de la corporación. Son estas, las grandes multinacionales que no portan más bandera que la suya, las que gobiernan la economía global y financiera de nuestros días. Aves de paso que orbitan el planeta, picotean aquí y allá, y levantan rápidamente el vuelo en busca del sol que más les conviene. Son estas las que acuñaron el dicho de que el dinero no tiene patria, aunque nadie ha conseguido explicarme por qué, siendo así, una familia gallega decide levantar una fábrica alejada de la mano de Dios: lejos de las materias primas que necesita, lejos de los grandes centros de consumo y lejos de los grandes centros de investigación y desarrollo. Algún otro factor de localización debe haber, quizás extraeconómico, que retiene al emprendedor en su tierra.

Establezcamos, para que no se me malentienda, las excepciones. Algunas multinacionales continúan siendo felizmente empresas familiares. Los libros citan, entre estas, a la estadounidense Walmart, la coreana Samsung Group y el grupo indio Tata. Y yo le añado, solo con echar un vistazo al mapa de Galicia, a nuestras multinacionales en manos de familias gallegas.

Con todos los matices y salvedades que se quiera, la empresa familiar y la gran corporación representan la contienda entre lo singular y lo global. Lucha desigual cuyo desenlace, me temo, rectificará a la Biblia y dará la victoria a Goliat. A falta de espacio para explicarlo, me limitaré a citar un ejemplo histórico. Todos los bancos gallegos eran, en origen, empresas familiares. Más aún, casi todos -Etcheverría, Simeón, Olimpio Pérez, Riestra, Pastor...- nacieron como casas de banca para financiar las actividades mercantiles e industriales de las familias fundadoras. Hoy, en la esfera del crédito gallego, ya no queda ninguna empresa familiar. Y el comerciante o el industrial tiene que atravesar el filtro de la gran banca para utilizar el ahorro de los gallegos.

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