Nacionalismos periféricos y discordia nacional

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

14 oct 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Nada como el permanente espíritu de discordia de los nacionalismos periféricos ha lastrado tanto la convivencia en la España democrática que en 1977 comenzamos a construir con gran esfuerzo. El punto de partida de esa auténtica locura, que no ha hecho otra cosa que crecer en los cuarenta últimos años, ha residido en un alegato político falso de toda falsedad: la afirmación nacional de territorios que jamás existieron como unidades de tal naturaleza y la paralela negación del hecho histórico de España, una realidad como Estado-nación sencillamente incuestionable.

Ese disparate formidable, solo asumible desde un sectarismo identitario que tiene mucho de enfermizo, está en el origen de todos los despropósitos y absurdos que no pocos, metidos en un torbellino de sentimientos encontrados, han llegado a contemplar en España como algo natural: el último, la decisión del Ayuntamiento de Badalona, gobernado por Podemos y la CUP, de no respetar la Fiesta Nacional y su consiguiente desobediencia a las taxativas órdenes de un juez ordenando cerrar las dependencias municipales ese día.

Esa insumisión municipal, que se sitúa en la línea de la sublevación institucional de un independentismo catalán apoyado sin fisuras por todos los nacionalismos periféricos, no es más que la culminación de la política de construcción nacional de Cataluña que, como las del nacionalismo gallego, vasco o valenciano, presenta otra cara inevitable para el logro de aquel fin: la descabellada pretensión de desnacionalizar España, rechazando del paso el intento de construir un sistema autonómico que combina unidad y pluralidad.