De la ética, o de la estética, del discurso público


Hace algunos años no solía hablarse de «construir el relato» para referirse al discurso público, especialmente cuando coincide con el discurso político. Se puso de moda y se recita «como un mantra» (otro latiguillo new style) para justificar los errores de comunicación a los que se suele achacar la desafección de la ciudadanía ante determinadas actuaciones. Todo ello: construir el relato, repetirlo como un mantra, hacer buen uso del postureo (qué quieren que les diga de este palabro...) y «estar en la Champions» de algún objetivo de cierto rango, son el abecé del buen comunicólogo, politólogo o tertuliólogo que se precie. Ya puestos a inventar léxico... 

El caso es que desde la política se está confundiendo el hecho que hay que comunicar (para explicarlo, justificarlo, negarlo o lo que se tercie), con el método que se debe utilizar, hasta convertirlo en un fin en sí mismo. Lo vacuo, pero bien hilado o expresado de forma llamativa, prima sobre la verdad verdadera, sea dicha a trompicones, en el banquillo -ante un tribunal- o en el lecho conyugal al oído de la pareja.

Estamos ante el dilema de qué fue antes. Personalmente, deploro el uso y abuso de las técnicas de comunicación pública al servicio de la mentira. Sujeto, verbo, predicado, una mirada limpia y sentido de la propia responsabilidad son más que suficientes. De hecho, por escasos, tienen un valor inconmensurable.

Podría aplicar esta reflexión a dos asuntos que son noticia en los últimos días: la crisis del PSOE y la trama Gürtel, pero algo tendrán que hacer ustedes. Solo deberán tomarse un tiempo para diferenciar el grano de la paja y sacar sus propias conclusiones. Al fin y al cabo, no solo somos depositarios del derecho a la información. Somos responsables de la formación de nuestras propias opiniones. Así que ¡al tajo! Es tiempo de vendimia.

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