Sin tabla de salvación


Magdalena, su madre, fue quien le contagió a Pedro Sánchez su gran admiración por Felipe González (el compañero que hace unos días lo traicionó), quien pasó de la pana a la Moncloa después de llenar estadios como si de los Beatles se tratara. No es el caso del último secretario general de los socialistas, que llegó en un momento donde los conciertos electorales se libran más en el plasma y en la Red. Aún así él quiso estar a pie de calle, se recorrió toda España, y, pese a ser el primero elegido por los militantes, a quienes apelaba hasta ayer como su tabla de salvación, a su juventud, a su percha... [sí sí a Felipe también le ayudó en su día] todo eso tampoco le sirvió de nada. Le faltó partido, el mismo que le falló. Porque si algo queda de Sánchez es su lealtad a las posturas que la organización de Pablo Iglesias (el auténtico) le encomendó. Y ya con el féretro esperándole fue capaz de ofrecer su «apoyo leal» a la gestora que enseñe a caminar de nuevo al partido más antiguo de esta democracia. Su aportación de las listas cremallera o su «no es no y qué parte del no, no entiende» o «no se puede ser diputado a ratos libres» quedarán en la hemeroteca. Lo preocupante es si en el PSOE queda todavía algún sentido de Estado después del espectáculo de trifulcas retransmitido en directo estos días, para pensar en primero el país, después el partido y después...

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