El voto del general


Un general al que entrevistaba, un hombre poco convencido de las bondades de la democracia, me espetó en un momento: «El voto de mi muchacha no puede tener el mismo valor que el mío». Vacunas así dejan a uno inmune para siempre. Un labrador de mi aldea citaba a Platón y Aristóteles con la maestría de un profesor de instituto. Era Aurelio, que tenía el carro que mejor cantaba en toda la redonda. Como era pobre, un amigo del alma que estudiaba en el seminario le dejaba los libros y él se los estudiaba de verdad por las noches a la luz de las velas. En la Guerra Civil lo hirieron en el primer combate y se pasó toda la contienda enseñando a leer y a escribir a los soldados analfabetos. Aurelio era fan a partes iguales de la democracia griega y del Dépor, que por aquel entonces ni siquiera era Dépor y debatía su destino entre Segunda y Primera División, cuando no en Tercera. Aunque jugase en el Bernabéu o en el Nou Camp le ponía un 2 en la quiniela. A Aurelio también le gustaban los pechos de Sofía Loren y la conversación pausada. Murió en un atardecer dominical cuando estaba a punto de triunfar con un caballo de copas en la partida de costumbre. El domingo habría ido a votar orgulloso. Ajeno a las dudas sobre su sufragio se habría acordado de Platón: «Buscando el bien de nuestros semejantes, encontramos el nuestro». Y seguro que se emocionaría con las lágrimas de Zianna Ouphant, esa niña de 9 años que en el consistorio de Charlotte se preguntaba por qué odian el color de su piel. Y su carro cantarín jamás se llenaría de los sentimientos deplorables que habitan el mundo de la política. Arde Ferraz, pero no son capaces de reducir a Sánchez. Me pregunto qué pensaría Aurelio.

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