Sevicias vienesas


Durante el siglo XX, los peores vientos que azotaron Europa procedieron de Austria. El peor en 1914, que incluso arrastró a un austríaco a iniciar una sangrienta revancha en 1939, por fortuna detenida. No sabemos muy bien por qué suceden estas cosas en la bucólica patria del amado Mozart, pero suceden. Hay quien lo achaca a los efluvios de la batalla de Kahlenberg, o segundo asalto a Viena por los otomanos. Es poco verosímil, pero nada racional puede explicar cuanto suceda en sus futuras elecciones. De perder el europeísmo, Europa, nosotros, los humanistas, encajaríamos otro golpe en la línea de flotación. España, que tanto depende de Europa para su porvenir, sigue con sus sainetes de casino y separatismo pueblerino.

El 2 de octubre ya no se repiten las elecciones presidenciales, a causa de no saber encolar sobres, algo insólito hasta para Uganda o Bolivia. Austria, 35 puntos de renta per cápita mayor que España; casi 20 puntos menos de paro, 40 puntos menos si hablamos de paro juvenil. Redimida del Anschluss, protegida de la tiranía soviética, Austria vivió feliz bajo el consenso de democristianos y socialdemócratas. El mítico Bruno Kreisky, judío laico y socialdemócrata, hasta hizo migas con el cardenal König. Luego, Franz Vranitzky, otro socialdemócrata, consiguió convencer a los austríacos de que su redención estaba en la UE. Pero tras tanta perfección, un pútrido río de maldad seguía corriendo por las alcantarillas de Viena.

Ese río lleva aflorando veinte años, y el pasado 24 de abril anegó con sus fétidas aguas el escenario de cuento de hadas del Schönbrunn, Hofburg y el Belvedere. La familia Von Trapp haría bien en quedarse en Estados Unidos, visto que fueron los anulados votos por correo los que impidieron que los residentes aupasen a quien comanda la estrategia del miedo. Porque es el miedo, el terror paralizante de jubilados y funcionarios, el que nutre esa marea.

La pequeña Austria no es Europa, pero sí un síntoma. Europa tiene miedo y opta por atrincherarse. Yerra. Quiere vivir como una rentista y eso es imposible. Los europeos no tenemos ni una sola de las nuevas empresas tecnológicas que lideran el desarrollo mundial, ni una sola universidad líder en el planeta, ni una sola gran empresa líder fuera de las ya muy maduras que resisten en la vieja industria. No tenemos ni un ejército para intentar disuadir a nadie, y aún así optamos por atrincherarnos. Lo siento, pero el mundo ya no es europeo y, desde luego, es más grande que mi querida Europa.

Hay que jugar en campo abierto, rejuvenecernos, vender que lo mejor de Europa -Newton, Descartes, Kant, Hume, Galileo...- es un regalo para el mundo sumido en la tiranía de la oscuridad. Más luz, Mehr Licht, eso debemos exportar, la luz de Goethe, e importar lo mejor que también tienen los demás, porque no somos superiores, tan solo gozamos de la gran fortuna de haber nacido en esta pequeña península de clima benigno, suelo fértil y patria de algunos sabios.

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