La Galicia que se ve durante la Vuelta


Ayer por la tarde recibí mensajes de cuatro amigos que viven en Barcelona, Múnich, Chicago y Rabat. Los tres habían visto la llegada de la Vuelta a San Andrés de Teixido. Y los tres coincidieron en preguntarme por qué les había ocultado la existencia de un paraíso terrenal delimitado por los cuatro Finisterres galaicos. Con este motivo recordé la última visita de Jordi Pujol y su esposa a la Facultad de Políticas de la USC, cuando, como única compensación por su trabajo, nos pidió que lo llevásemos al cabo Ortegal y a los acantilados de A Capelada, de los que había oído maravillas y adonde quería ir de vivo para no hacerlo muerto.

Ya le conté a mis amigos que esa zona me había sorprendido también a mí en dos ocasiones muy diferentes: la primera vez que llegué a Cedeira -para asistir a la boda de mi primo Julio Antonio-, ante cuya ría me detuve estantiguado; y el miércoles pasado, cuando, al ver los últimos minutos de la 3.ª etapa de la Vuelta, cuyo recorrido hice muchas veces, tuve la misma sensación de prodigioso descubrimiento que habían sentido mis amigos de Chicago y Rabat al contemplar la lagoa da Frouxeira, los bosques esmeraldinos, las bucólicas aldeas que jalonan el paisaje y los impresionantes acantilados que, con centro en la garita de Herbeira, se extienden entre el cabo Ortegal y San Andrés de Teixido.

Claro que mi intención no es descubrirle a los gallegos el país en el que viven, sino comentar la Vuelta con ojos de politólogo y convertirla en una metáfora crucial de la política gallega. Porque lo que de verdad nos sorprende no es la hermosura de nuestro país, que damos por sentada, sino la inesperada sensación de vivir en un mundo deliciosamente ordenado, desarrollado, cuidado, acogedor y humano, que nunca somos capaces de observar cuando pisamos la tierra. Y por eso quiero prevenirles sobre el enorme engaño que produce la realidad cuando se observa sin perspectiva, o cuando, utilizando la expresión de Ortega, son los árboles los que nos ocultan el bosque, las casas las que esconden la aldea, el chiringuito el que nos tapa la inmensidad del océano y nuestros intereses y manías los que nos impiden ver la maravilla estructural del país que hemos heredado.

Y a mí me aplico el cuento. Porque, siendo muy crítico con la actual ordenación del territorio, y teniendo ojos muy abiertos para descubrir todas las desfeitas, creo que me estoy perdiendo esa Galicia que se ve desde los cielos, y que exige una revisión sincera de mis viejas convicciones. El miércoles también descubrí que esa Francia envidiable que nos enseña el Tour no refleja, como creíamos, la superioridad de los franceses, sino la falta de perspectiva de lo que tenemos a mano. Y por eso les sugiero que, antes de enfadarse y votar, modifiquen su perspectiva. Por si viven en el paraíso y no lo saben.

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