Quejas


Es tiempo propicio para disfrutar en una terraza y leer el periódico tranquilo mientras te tomas algo, pero, a veces, el parloteo subido de volumen de las mesas de alrededor resulta incompatible.

Hace unos días sufrí tal asedio que no pude por menos que renunciar a la lectura pacífica y entregarme al ejercicio de campo de escuchar que decían. En la mayoría de las mesas lo que fundamentalmente hacían era quejarse; quejarse de todo, de enfermedades propias y ajenas, de los políticos, del calor y del frío, de los precios, de ancestrales infamias familiares, de la pareja, de los hijos, de la comida, del camarero?

Uno ha dedicado la vida a escuchar problemas, desgracias, tormentos y todo tipo de dificultades del humano vivir, por lo que no me acongojan las historias de terraza veraniega; lo que sí me producen es una cierta desazón, quizás derivada de la empatía que siento por los anónimos escuchantes de todos esos improperios y lo desagradable que debe de ser beberse la caña o el café soportando tales temas fuera de una consulta especializada.

Hay gente a quienes el mero hecho de quejarse le da a su vida un aliciente que la hace soportable, siempre lamentándose de todo y dando la impresión de que no les importa nada que no sea su desahogo, un despotricar egoísta que parece ser el centro del mundo y que no paran de proclamar urbi et orbi a la primera de cambio y a la primera víctima que les brinda su amistad o su compañía.

Todos esos ciudadanos y ciudadanas que pueblan con sus lamentos el paisaje veraniego deberían leer el Elogio de la prudencia que Baltasar Gracián escribió hace más de cuatro siglos y donde -al hilo del tema- aconseja: «Nunca te quejes. El que se queja se desacredita. Es más probable que quien te escuche se moleste en vez de consolarte; además, si dejas que otros lo hagan también, luego la culpa de todas las quejas te será echada a ti por haber sido el primero en hacerlo. Tampoco te quejes por tus males del pasado, pues dará pie a que conozcan tu debilidades presentes y eso sirva para producirte otros nuevos».

Las quejas hay que verterlas en lugares y con gente en los que puedas encontrar una solución; lo demás es ser un pelma.

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