Fuego contra la violación


Me temo que el vocabulario se me queda corto para expresar con nítida claridad la tremenda repugnancia e indignación que me produce enterarme, un día tras otro, de las violaciones y agresiones sexuales que se producen en todas las partes de este planeta. Desde la violación en grupo, jaleada y grabada, que sufrió una joven durante los Sanfermines, hasta la de la marroquí Jadiya, quien, incapaz de soportar la pena, la vergüenza y, sobre todo, la impotencia ante la injusticia que la condenaba a sufrir dos veces, primero la agresión y después la impunidad de los agresores, decidió inmolarse.

Soy consciente de que en la naturaleza humana cohabitan, a veces de manera difícil, el bien y el mal; de que la pulsión sexual de algunos es tan fuerte que no son o no quieren ser capaces de controlarse. Pero cada vez estoy más de acuerdo con las teorías que defienden que la violación, más allá de una terrible e intolerable agresión a la integridad física y una violenta vulneración de la libertad sexual de las personas, se trata de una demostración de poder, de dominio sobre otra persona.

La proliferación de casos de pederastia, de trata de seres humanos, de agresiones sexuales en grupo, además de mostrar una nula catadura moral pone de manifiesto que muchos, demasiados, anteponen su diversión y el ejercicio del dominio sin límites a la voluntad de otro ser humano. En Marruecos, la situación se agrava por la pobreza, la ignorancia y la permisividad de una ley fundada en una interpretación retrógrada de la religión que transforma a la víctima en culpable. Y evidencia el poco o nulo valor que tienen las mujeres y los niños en sociedades tercermundistas donde la impunidad del varón, más si es rico, es casi total. Algo que, no hace tanto, también pasaba por aquí.

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