Ataque en Múnich


Hace unos días, el ataque en un tren de Baviera de un joven afgano o pakistaní, solicitante de asilo, trasladó el foco de atención sobre la amenaza yihadista de Francia al país germano. El perfil del agresor, un menor de 17 años, llegado con la oleada de refugiados del año pasado, acogido por una familia alemana tras haber pasado cierto tiempo en un centro de menores, abrió el debate sobre la recepción de refugiados, las dificultades para distinguir a los presuntos terroristas, evitar el «contagio ideológico» así como afrontar la ampliación de su radio de acción y los medios utilizados.

Cuando apenas ha transcurrido una semana desde la masacre de Niza, un asalto a un centro comercial de Múnich, próximo al recinto olímpico de trágico recuerdo por la matanza de 11 atletas israelíes en 1972, se ha saldado con varios muertos y la huida de los presuntos terroristas. Este ataque vuelve a poner en cuestión desde la eficacia de las medidas de seguridad y la precisión de los servicios de inteligencia hasta la intervención en el conflicto sirio y en el iraquí.

Obviamente, el incremento de la frecuencia de los ataques terroristas es el resultado directo del paulatino retroceso del Estado Islámico tanto en territorio iraquí, donde ha perdido ya el 50 % de la extensión que controlaba y en Siria donde ha cedido el 20 %, así como el avance de las tropas nacionales con la ayuda extranjera para recuperar sus bastiones de Mosul y Raqa. El EI se venga intentando sembrar el terror y atacando enclaves económicos de Occidente. Desgraciadamente, acabar con el EI llevará tiempo, eliminar a comandos y lobos solitarios tardará aún más. No queda sino vigilar y prepararnos, por desgracia, para más ataques.

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