¿Por qué decimos que Mohamed es tunecino?


Es un error etiquetar a Mohamed Lahouaiej como franco-tunecino. Con independencia de su lugar de nacimiento, Mohamed es francés. Tan francés como Alain Delon o Eric Cantoná. Y mientras no lo entendamos y pensemos que estos monstruos vienen de lugares extraños estaremos lejos de la solución.

Mohamed, Said, Yusuf, no son marroquíes, ni egipcios. Mucho menos pakistaníes o sirios. El hombre que el jueves convirtió una fiesta de playa en el escenario del terror ya casi ni era tunecino. Era de un barrio del norte de Niza. Francés. Y por tanto, europeo. Porque esta es la Europa en la que vivimos. Y así será para siempre.

Europa nunca volverá a ser la de Alain Delon, Brigitte Bardot y Sofía Loren. Desde hace años es otra cosa. Por suerte, todavía el rincón más habitable del planeta. El único lugar del mundo en el que nos hemos dotado de unas herramientas de progreso, solidaridad y protección social que salvan vidas y tranquilizan conciencias.

Por desgracia, Europa también es una torre de babel construida sobre un castillo de naipes. Y en los últimos años, un polvorín. Lo ocurrido desde el inicio de la crisis ha devastado el proyecto europeo que un día imaginamos. Igual que no deberíamos llamar tunecino a Mohamed, deberíamos dejar de hablar de la crisis, porque lo que nos ha pasado estos años es mucho más. Es una revolución, provocada por una democratización de la tecnología, que ha instaurado una nueva forma de comunicarnos, de relacionarnos y por tanto de vivir. Un nuevo orden mundial que ha pillado a la Europa que estábamos construyendo aún con los dientes de leche.

Cada zarpazo de la bestia nos pone ante al espejo y nos demuestra con mayor crueldad lo difícil, lento y doloroso que será arreglar esto. A corto plazo es utópico. Lo que hizo Mohamed en el paseo marítimo de Niza no requiere preparación y es imposible de anticipar. La frialdad y el fanatismo necesarios para actuar como actuó, para seguir acelerando durante cientos de metros por encima de los cuerpos de sus víctimas, son armas de destrucción masiva que no lograremos desactivar en décadas.

La solución habrá que buscarla a largo plazo, y conviene empezar a ser pesimistas. Este nuevo mundo ha arrumbado los grandes valores europeos y ha sacado lo peor que llevamos dentro que, ahora lo sabemos, nunca eliminamos de nuestro mapa genético. El virus del nacionalismo, que mezclado con el populismo -lo acabamos de ver en Reino Unido-, es una pócima mortal. El cáncer de la xenofobia y el racismo, que en muchos países ya es metástasis. Y la serpiente del terror, que anidaba desde hace décadas y ahora nos aniquila con su veneno.

A corto plazo debemos conformarnos con cuidados paliativos. Pensar en formas de reorganizar un poco nuestras vidas para que la próxima vez sea lo más tarde posible. Y, cuando ocurra, podamos regatear con las estadísticas de la muerte.

También es un error y una vergüenza inmoral intentar saciar la sed de justicia del pueblo reforzando los ataques en Siria e Irak. Porque el Estado Islámico es igual de sanguinario hoy que ayer, y por tanto hay que combatirlo con las mismas fuerzas, sin impulsos patriotas ni cálculos electorales. Y porque el problema está en un barrio de Niza, en Saint-Denis y en Molenbeek. En Francia, en Bélgica, en Europa. El problema lo tenemos nosotros.

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