Bagdad sangra otra vez


Siento el dolor de todas y cada una de las víctimas de los atentados que suceden en todo el mundo. Siento el pesar y el vacío de los familiares a quienes unos fanáticos sin cabeza les han arrebatado sus seres queridos. Siento la indefensión de todas las personas cuando contemplan las terribles imágenes de lo que el horror ha causado en Nueva York, Madrid, Londres, París o Estambul. Siento la rabia, la indignación y la impotencia de todos los seres humanos de bien, cristianos, musulmanes, judíos, budistas, practicantes de cualquier religión o ateos, ante los absurdos asesinatos que se cometen en nombre de Dios. Pero confieso que mi corazón está, especialmente, con los habitantes de una de las ciudades más castigadas a lo largo de la historia reciente, con los ciudadanos inocentes de un país que ha sido devastado por una cruel dictadura, una invasión arrolladora y el caos de la división sectaria actual.

Un cobarde suicida ha provocado una masacre en uno de los mercados más populares y concurridos de Bagdad, en el barrio de Karrada, habitado en su mayoría por chiíes y cristianos, pero muy frecuentado por los bagdadíes al margen de su etnia o confesión religiosa. Más de 200 muertos y otros tantos heridos. Personas que celebraban el fin del ramadán, mes sagrado para todos los musulmanes, han sucumbido como represalia a la liberación de Faluya. Liberación de los criminales del Estado Islámico, el grupo de fanáticos escindidos de Al Qaida, cuya presencia en Irak se inició tras la invasión del 2003. Antes de ese año, Bagdad nunca había sufrido un atentado. Desde entonces ya van 1.892. Sin embargo, a pesar del número de víctimas, el impacto mediático siempre es muy limitado. Quizás porque no somos capaces de contemplar el horror que provoca el monstruo a cuya creación hemos contribuido.

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