Ganar por doble aburrimiento


Como bien señaló Fernando Salgado en estas páginas, el pasado domingo se registraron dos movimientos en buena medida independientes: por un lado, la ganancia de seiscientos mil votos por el PP a cuenta de Ciudadanos y el PSOE, y la pérdida por abstención de más de un millón de votos por Unidos Podemos.

Sostendré en esta columna que ambos movimientos son efecto del abrumador aburrimiento en el que nos han instalado todos los protagonistas estos seis meses. Aunque con matices diferenciados.

El más claro síntoma que puedo traer a la palestra es el insólito hecho de que en el debate en la cumbre a cuatro nadie, sí, nadie, nombrase la tontería de que España había superado el 100 % de deuda pública sobre el PIB. Una nadería de la que no merece la pena ocuparse con lo bien que nos trata la prima de riesgo y con lo bien que nos perdonan en Bruselas las multas? de momento.

Para este viaje, pensaron seiscientos mil votantes de la pequeña coalición PSOE/C’s, mejor será que alimentemos que sin mediadores gobierne el PP, para ver si así continuamos en esta calma chicha y con una recuperación que otros países quisieran para sí. No nos va tan mal, y aunque la cosa esté muy corrupta el país parece que lo aguanta todo. Pelillos a la mar. Mejor un resultado aburrido, con un líder aburrido. Se aburrían esperando la gran coalición y decidieron ser su avanzadilla.

Más de lo mismo pasó con el millón de votantes de Unidos Podemos que se quedaron en su casa. Votos que habrían colocado a esta opción como segunda fuerza indiscutida y llave de un nuevo Gobierno. También aburrimiento, pero de otra naturaleza.

Cómodamente instalados en sus casas con el catálogo programa de Ikea, se fueron aburriendo al ver que sus líderes en los canales de televisión (esos mismos canales que nos entretienen con sus parrillas) apenas se agitaban ya, y se adocenaron aún más al ver que en todos los sondeos iban para arriba sin mover un dedo.

El problema para esta opción es que muere en las tranquilas aguas del aburrimiento. En ausencia de movilizaciones sociales contra una precariedad laboral y social (que explica que hoy resistan sus cinco millones de votantes) que lo invade todo cada día que pasa, los sondeos, las tertulias y los catálogos se vuelven ruido de fondo desmovilizador de lo que ha de hacer cada uno.

Es así que, supongo yo, un millón de los que votaron en diciembre a Podemos ahora quedaron en la república independiente de su casa el día de la votación. En la idea de que el catálogo de Ikea sería válido todo el verano. Debió habérseles avisado de que la cosa tenía fecha de caducidad. Que el cambio social profundo (a diferencia del statu quo, que a la vista está se mantiene con aburrimiento) es cosa muy laboriosa en los tiempos que corren, que no se consigue en estanterías, parrillas o sondeos. Lo saben en Cataluña y el País Vasco.

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