Las lágrimas del rey Arturo


En Tintagel el sol se escondía avergonzado entre las nubes. A última hora del día iban a caer unas gotas sobre las ruinas del legendario castillo artúrico. Serían las lágrimas del viejo rey, que estaría devanándose los sesos sobre los fantásticos acantilados que rodean su fortaleza preguntándose por qué su gente se lanzó por el barranco de la xenofobia provocando un terremoto de consecuencias impredecibles. Al tiempo, una espesa niebla cubría ayer por la mañana buena parte de Bergantiños. Las bombas de palenque parecían huecas y las trompetas de las charangas del San Xoán sonaban como afónicas o desganadas. O igual era una sensación por el estado de shock que se respiraba en el ambiente por los 17,4 millones de británicos que dieron alas al brexit. El aquelarre de la noche sanjuanera no podía acabar con una resaca más amarga. El fuego del solsticio de verano en vez de traer luz y vida renovada trajo tinieblas. Dejó a Cameron chamuscado, desnudo y en la calle y a Europa enfilando el camino del caos. Los ingleses decidieron subirse a la balsa de piedra sobre la que José Saramago puso a navegar la Península Ibérica por el Atlántico inmenso. «Las varas comienzan a partirse en el momento que se apartan del haz», escribía el autor luso en esa obra. Hasta han prendido la mecha ultra que puede incendiar y hacer volar el viejo continente, cuyos cimientos horadan con energía los monstruos del racismo y la insolidaridad. Como si tiraran el alma de Europa a las aguas verdosas del Támesis. Es fácil llenarse la boca con palabras como independencia o libertad. Lo malo de la democracia es que en las urnas cabe de todo y cuando se alimentan con la codicia y el egoísmo, el resultado puede ser explosivo.

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