Cataluña hace institucional la trapallada política


Porque vieron la crisis como una oportunidad para sus ensoñaciones, porque se aferraron a un pésimo diagnóstico sobre sus necesidades y posibilidades, y porque creyeron que el Estado era el único eslabón debilitado en la cadena del poder, las instituciones catalanas se lanzaron a un proceso de secesión que resultó ser una trapallada, y que, si estuviese sucediendo en Polonia, Angola o Bolivia, todos remitiríamos al psiquiatra.

Si no lo hacemos así, y si tendemos a disculpar tantas chorradas, es por tres motivos que a todos nos incumben. Que España está ensayando subversiones institucionales, reivindicaciones trapalleiras y reformas caóticas que, aunque representan revoluciones más leves que la catalana, no son esencialmente distintas. Que todo el proceso está construido sobre un artificio discursivo y unas falsedades históricas que, por no haberse denunciado ni contrarrestado a tiempo, funcionan como heraldos dogmáticos de la pura irracionalidad. Y que el cambio de rating de los políticos catalanes es tan grande -de paradigmas de modernidad a paletos mediterráneos- que solo lo podemos procesar si asumimos en paralelo nuestra condición de papanatas. Y esas son las tres razones por las que, en vez de entonar un réquiem por el paradigma catalán, preferimos echar las pestes sin que nadie nos oiga.

En aras de una apuesta contumaz por la secesión unilateral, irracional e injusta, los catalanes ya han desbaratado el orden constitucional que tanto habían celebrado, han herido gravemente el Estado de derecho, han destrozado el sistema de partidos que tan bien los había gobernado, y han puesto en riesgo sus finanzas, sus servicios públicos y su bienestar social. La inestabilidad política, la fractura social y la quiebra del modelo político campan por sus respetos. Y por todas partes se extiende el desencanto político, la desafección al sistema, la utopía inconsistente y la sensación de haber entrado en un callejón sin salida ni esperanza. Y todo el futuro parece quedar reducido a lo que Furio Colombo describió como «un espacio abierto y disponible para cualquier clase de conflicto y para cualquier clase de operación de poder, de acuerdo con lógicas que no conciernen ni a la población ni al lugar».

Lo malo es que Cataluña no es una excepción, y que casi todo lo que parecía sólido, asentado en consensos de larga y compleja construcción, está al albur de ocurrencias e iniciativas impregnadas de banalidad mediática e inconsciencia política. Y lo mismo que a nadie le sorprende que España pueda rasgarse, tampoco extraña que la UE pueda resquebrajarse, la paz convertirse en guerra y la abundancia en miseria. La única diferencia es que en el mundo de hoy tenemos medios para evitarlo. Pero todo indica que en nombre de nuestra sacrosanta libertad ya hemos decidido que no nos da la gana.

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