¡Sí, sí, los gallegos también queremos ser singulares!


La propuesta del PSOE para frenar el desafío ilegal del separatismo -un pacto bilateral Estado-Cataluña que otorgue singularidad a la segunda- me ha hecho recordar ese episodio descacharrante de las aventuras de Astérix y Obélix en el que ambos se preparan como atletas olímpicos con una dieta de suculentos jabalíes, mientras los recios griegos viven de lechuga. Ante la airada protesta de los helenos, sus entrenadores acusan de decadentes a los galos, a lo que los otros replican de inmediato: «¡Nosotros también queremos ser decadentes! Sí, sí, ¡decaigamos!, ¡decaigamos!».

Pues bien: si el rotundo desprecio a leyes y tribunales merece ser premiado con un trato singular, que conceda a los rebeldes lo que se niega a los demás, con más razón mereceremos un premio los que respetamos el Estado de derecho. Por eso, los gallegos y los restantes españoles, convertidos en los griegos de este pintoresco reparto de manjares (jabalíes para el secesionismo y lechuga para todos los demás), debemos proclamar: «¡Nosotros también queremos ser singulares! Sí, sí, ¡singularicémonos! ¡singularicémonos!».

El PSOE, por boca de Sánchez, que vuelve a demostrar una ignorancia que ya en él es proverbial, justifica la discriminación con el argumento de que el trato bilateral para Cataluña está previsto para las comunidades históricas en la Constitución. Y, ¡claro está!, no da ni una: ni nuestra ley fundamental prevé tal bilateralidad a favor de ninguna comunidad, ni las que accedieron a la autonomía por el artículo 151 (País Vasco, Cataluña y Galicia) tienen derecho por ello a un trato singular, ni existen esas comunidades históricas en la Constitución, pues en ningún sitio se mencionan.

Pero no se trata solo de eso. Cataluña posee algunas singularidades (lengua vernácula y derecho civil propio, sobre todo) que, reconocidas por la Constitución, han sido desarrolladas legalmente de un modo tan escandaloso y abusivo que viola flagrantemente las previsiones al respecto de nuestra ley fundamental. Pero, claro está, ni esas singularidades son solo catalanas (también otros territorios, Galicia entre ellos, poseen derechos civiles forales y/o lenguas vernáculas) ni son la únicas que existen, de modo que puestos a exigir tratamientos a la singularidad territorial, la locura sabemos dónde empieza pero no dónde podría terminar.

En realidad, la propuesta socialista, que constituye una cobarde muestra de entreguismo a la chulería política del separatismo -su auténtica razón de ser-, confirma la utilidad que tiene desafiar al Estado de derecho, da la razón a los que no han hecho otra cosa que pedir más cuanto más se les ha dado y desprecia de un modo sencillamente inadmisible a los que han demostrado lealtad al orden constitucional y al Estado democrático. Los barones socialistas, que ayer expresaban su estupor, tienen buenos motivos para estar preocupados tanto por la bomba de relojería que supone esa propuesta como por la irresponsabilidad e inanidad política e intelectual de quien se ha atrevido finalmente a meterla en la agenda de las próximas elecciones generales.

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