Examinarse en la universidad española es llorar


El sistema de exámenes que, derivado del Plan Bolonia, han establecido, con ligeras diferencias, nuestras universidades, constituye, como ya he explicado en otras ocasiones, un desatino que parece concebido solo para hacer sufrir a nuestros estudiantes.

He denunciado aquí algunos de sus disparates, que se añaden al hecho, tan insólito como demencial, de que los universitarios boloñeses deban enfrentarse a 10 o 12 asignaturas cada curso: todos los exámenes se concentran en el primer semestre del año, es decir, de enero a junio; las pruebas del primer y segundo cuatrimestre, y, dentro del segundo, de la primera y la segunda oportunidad, se desarrollan en poco más de tres semanas, lo que obliga a los alumnos a examinarse de entre cuatro y seis asignaturas con pocos días de separación (como en la escuela), no siendo extraño que algunos hagan en una semana dos exámenes; finalmente, y por si todo lo anterior no supusiera un diseño estúpido y cruel, la distancia entre la primera oportunidad y la segunda resulta tan corta (en torno a tres semanas) que es frecuente que cuando un alumno conoce su nota de la primera, si suspende, deba concurrir a la segunda pasados apenas unos días.

Parece mentira que quienes han estudiado en la universidad y saben del gran esfuerzo personal que, en general, ello supone, tengan la memoria y la sensibilidad tan embotadas como para considerar natural, por ejemplo, que un alumno que hace un examen un día por la mañana deba abalanzarse sobre la materia del siguiente el mismo día por la tarde.

De todas estas insensateces hay una, sin embargo, de la que no he tratado aquí, y a la que nos enfrentamos los profesores cada final de curso, momento en que aquella se plantea: si, tras finalizar sus exámenes, un alumno suspende en el último curso de su graduación dos o más asignaturas del segundo cuatrimestre de cualquiera de los cursos de su grado, no podrá examinarse de ellas hasta pasado un año, período que pierde, por tanto, el estudiante como consecuencia de un sistema de exámenes realmente injusto y vergonzoso.

Antes de la introducción del Plan Bolonia, el alumno que, finalizando su licenciatura, suspendía en junio, tenía para aprobar las asignaturas pendientes las oportunidades de septiembre, convocatoria fin de carrera en diciembre y extraordinaria de febrero. Ahora, como los tiempos adelantan que es una bestialidad (y nunca mejor dicho), ¡en unos grados donde puede llegar a haber 50 asignaturas!, el estudiante solo puede examinarse en enero (seis meses después de acabado el curso) si le ha quedado una solo asignatura del segundo cuatrimestre o anual. Si arrastra más de una (lo que le impide acudir al sistema de aprobado por compensación, allí donde lo hay), el alumno ha ir a mayo, perdiendo así literalmente ¡un año de su vida!

Que tan completo despropósito parezca no preocuparle a nadie, salvo a los sufridos alumnos que se ven metidos en una callejón absurdo que no tiene otra salida que esperar, da idea de lo que ha pasado a ser importante en unas universidades castigadas por una normativa literalmente impresentable.

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