La camiseta de La Voz


Cuando Santiago Rey protesta, con él lo hace la redacción de La Voz. Cuando el editor protesta, denuncia, interpela, exige, advierte, recuerda o señala, con él vamos de la mano casi trescientos periodistas que tenemos la suerte de poder ganarnos la vida en este país ejerciendo el oficio más hermoso del mundo.

Cuando el editor de La Voz protesta, en muchos despachos el viento abre las ventanas y revuelve los papeles y las conciencias, pero en el resto de Galicia hace menos frío. Su protesta, la nuestra, es un compromiso con Galicia que se ha mantenido inmutable desde hace casi siglo y medio. Una denuncia de las promesas incumplidas, de la dejación de funciones, de los intereses partidistas, del localismo y la cortedad de miras.

En las escuelas de negocios se estudia desde hace años el fenómeno de Nokia, la empresa fundada en Finlandia hace más de 150 años como fábrica de pulpa de madera para hacer papel, que experimentó una de las mayores metamorfosis de la historia de la economía en el siglo XX, y que ha sido arrasada en la última década por la revolución digital. Resumiendo: casi todos llevábamos un Nokia en el bolsillo hace ocho años, justo antes de la era de la movilidad, y casi nadie lo lleva hoy en día.

Cuando vengan, ya lo hacen, a estudiar La Voz, el fenómeno del cuarto periódico de España editado desde la periferia de la periferia, les recomendaremos que conozcan a Santiago Rey, que se lean Yo protesto, que buceen en su museo y en su memoria. Y que se pasen también unos días recorriendo A Mariña con María Cuadrado. Haciendo guardia en los turbulentos juzgados de Lugo con Pepe Carreira. Fotografiando y grabando de punta a cabo la provincia de Ourense con Santi Amil. Pateando las dos riberas del Miño con Mónica y Alex. Trillando el Barbanza con Ana Gerpe. Que se tomen con ellos un café en cualquier terraza al lado de un quiosco, y vean que el milagro de los panes y los periódicos sigue cumpliéndose cada mañana. Y que se fijen, con disimulo, y comprueben con sus propios ojos cómo todos ellos llevan bajo la ropa la camiseta de La Voz, con la uve gótica tatuada en su piel.

Guarden este libro en la estantería de las obras que hay que releer. Háganlo dentro de veinte años y verán que el mensaje de su autor sigue vigente. Mientras tanto seguiremos, periodistas y lectores, escribiendo juntos la historia de Galicia. Como hemos hecho siempre, desde la rotoplana Marinoni de los talleres de la Marina hasta los tiempos del newsfeed de Facebook y el algoritmo de Twitter. Siempre con el mismo afán del editor: llegar cada mañana, cada minuto, al último quiosco o el último bar de la última parroquia, tocarle el corazón al último lector que nos sigue en cualquier pantalla desde cualquier lugar remoto del planeta.

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