Las energías perdidas


Hace unos treinta años, una joven promesa del periodismo propuso inventar el aplausómetro para medir el grado de entusiasmo que los líderes políticos producían en sus diputados. Ahora que el sistema está algo más consolidado, propongo algo más necesario para la productividad política del país: el energómetro. Tendría por objeto medir la cantidad de energías consumidas y perdidas por nuestros dirigentes en esfuerzos inútiles, empeños absurdos y formas diversas de perder un precioso tiempo que financiamos todos los españoles. Para obtener resultados fiables bastaría con leer los periódicos cada mañana.

Se podría crear un programa informático por personas, partidos o territorios. Si se hace por personas, el campeón de las energías perdidas sería Pedro Sánchez. Parece tener el don de la ubicuidad y una insólita capacidad de trabajo. Todos los días habla en algún lugar de España. Concede entrevistas. Prepara estrategias para defenderse de sus compañeros. Hace cursos de supervivencia política con aceptable resultado y todavía le queda tiempo para pensar. Nadie trabaja más que él. Sin embargo, debe sentir la incómoda sensación de que no le sirvió de nada: siempre hay un compañero del alma que promueve el debate del tiempo que le queda como secretario general.

Si la clasificación se hace por partidos, quienes mejor provecho sacan de sus energías son Podemos y Ciudadanos: los resultados de imagen y previsión de votos son muy superiores al tiempo y medios consumidos. Pero en la medición de energías perdidas habría empate PSOE-PP. Al PSOE se le va todo el esfuerzo en detectar trampas de Podemos y en poner de acuerdo a los barones, como si cada uno fuese el cabecilla de una facción en rebeldía. Solo se consigue el objetivo de forma provisional, cuando vienen elecciones. Después vuelven a la diversión. En cuanto al PP, no hay partido en el mundo con más portavoces (uno por cada segmento de edad y canon de belleza) predicando las bondades del Gobierno y las excelencias de su gestión. A juzgar por la intención de voto cosechada, un esfuerzo de dudosa utilidad.

Y, si se analizan territorios, no hay duda: campeona de energías perdidas, Cataluña. No hay nación bajo el sol que dedique más tiempo a explicar al mundo sus agravios con misiones, viajes, cartas y diseño de estrategias. Nadie hace usar más medios al Gobierno para ir detrás explicando la falsedad de esos agravios. Nadie consume más energía imaginativa en planear cómo torea al Constitucional, cómo hace una hoja de ruta y cómo sale de ella. ¿Y todo para qué? Para que su presidente Puigdemont vaya por Europa y no encuentre con quién hablar. Si todas esas energías se aprovechasen, seríamos la primera potencia mundial.

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