Cela, gallego hasta las cachas


Hoy hace cien años que venía al mundo en Padrón Camilo José Cela Trulock. Y aunque yo también creo, como Vila-Matas, que hay que acabar con los números redondos, nunca está de más reivindicar a CJC frente a la tribu de odiadores que aún hoy tratan de sepultar su obra literaria bajo la caricatura última del personaje televisivo que él mismo cultivó y regó con mimo. Es fácil hacer chistes sobre su afición a las palanganas y las boutades, pero leer Oficio de tinieblas 5 o San Camilo 1936 ya cuesta algo más. También resulta sencillo enviar al único nobel que posee Galicia al rincón de pensar por haber cometido el pecado de lesa patria de no escribir en gallego. El monoteísmo es lo que tiene.

Por eso la cultura gallega -con excepciones tan honrosas como contadas- apenas festejará hoy el centenario de un escritor que, como Valle-Inclán, hizo del castrapo un maravilloso retablo de poesía y ritmos barrocos. Y que empapó tres de sus mejores títulos con la atmósfera y la lengua de Galicia: las memorias de los tiempos de Iria Flavia que recoge en La rosa; el wéstern lírico Mazurca para dos muertos; y su ultimátum experimental Madera de boj.

Galicia, del Ulla a la Raia, y de Ourense a Fisterra, late en cada página de esta trilogía, donde llueve sin que el cielo se harte de llover y llover, y por el cielo de Herbón vuela el alegre tañer del bronce franciscano, y allá, al borde del fin del mundo, la mar no se para nunca. Porque la mar, escribe CJC, gallego hasta las cachas, no se paró nunca desde que Dios inventó el tiempo hace ya todos los años del mundo.

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