Cataluña, dependiente


Las cifras cantan, y no parecen cantar precisamente la posibilidad de una boyante Cataluña independiente; pero, en fin, se puede aceptar que incluso esto (lo de los números) sea discutible. Lo que me parece más lamentable ?y menos asumible? es la argumentación intelectual (¿intelectual?) que ha ido desviando la supuesta causa del catalanismo hacia un antiespañolismo chantajista, con muy falsificadas bases históricas.

Es una situación en la que todos parecemos varados, desconcertados y sin saber por dónde tirar para deshacer el entuerto. Y quizá está ocurriendo esto justamente porque el entuerto lo hemos ido haciendo entre todos, unos por acción y otros por omisión o por consentimiento, y ahora el embrollo ha alcanzado una solidez rocosa. La realidad inicial es que el separatismo catalán es una invención que ha ido cosechando apoyos a partir de una reescritura iluminada de una supuesta verdad nacional que nunca ha existido. Pero la «nueva realidad» es que esta reescritura aporta una versión mítica como base de las aspiraciones independentistas. Y en esta fase estamos, a verlas venir. Sorprende tanto el silencio argumental de unos como el afán despropositado de otros. Por no haber, no hay ni siquiera debate. Solo hay posiciones enrocadas de unos y otros, con la consiguiente parálisis (que tampoco es parálisis, sino una espera interesada ante acontecimientos políticos que cada uno desea para deshacer el actual bloqueo).

Aún hace poco era el entonces president Artur Mas quien repetía una y otra vez que «cuando se ataca sistemáticamente a la autonomía, se tiene derecho a la legítima defensa». Y tenía razón. Pero, ¿quién estaba atacando a la autonomía catalana? No era el Gobierno central quien lo hacía, no. Eran los independentistas, con Artur Mas al frente.

Aquellas lluvias han traído estos lodos. Y ahí estamos todos, paralizados ante el embrollo. Todos esperando a Godot y midiéndose continuamente las fuerzas, mientras se exploran las posibilidades que pudieran derivarse de nuevos resultados electorales. Porque, lamentablemente, las voluntades de conciliación y de acuerdo no brillan por su presencia. Al contrario, es de la anemia del adversario de la que más se espera. Lástima.

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