El independentismo mola, pero la pela es la pela


El 11 de enero, un día después de ser investido presidente de la Generalitat por la estrafalaria vía de convertirse en el sobrero de un Artur Mas devuelto a corrales por la muchachada de la CUP, Carles Puigdemont se puso digno y proclamó que Rajoy «es un presidente en funciones y por tanto hace declaraciones en funciones». Y que a él no le interesaba «lo que diga un proyecto que se acaba». Cien días después, con Cataluña al borde del colapso económico, sin dinero para pagar nóminas públicas, con su deuda convertida en bono basura y sin haber podido aprobar todavía una sola ley, a Puigdemont parece que ya le interesa algo más lo que diga Rajoy, al que ayer le entregó su carta a los Reyes pese a estar en funciones.

En resumen, su grotesco planteamiento es que Cataluña debe ser independiente, pero, hasta que lo consiga, el Estado debe darle más dinero y dejarle gastarlo como quiera. Por no decirlo de una forma más castiza, lo que pretenden Puigdemont y los independentistas catalanes es no solo marcharse de España violando la Constitución, sino que además el resto los españoles les paguemos ese viaje. Un propósito que puede parecer extravagante, pero que no debería extrañar en alguien acostumbrado a que los demás apechuguen con sus facturas porque tiene claro que la independencia, más que un bello anhelo, es un buen negocio. Puigdemont, periodista de profesión y avezado hombre de negocios y cazador de subvenciones de vocación, fundó en el 2004 la revista Catalonia Today para promover la independencia de Cataluña en el extranjero. Y en siete años, a pesar de la ínfima audiencia de la publicación, recibió de la misma Generalitat que ahora preside, y siendo además diputado de CiU, medio millón de euros en subvenciones. No sé si me siguen.

La desfachatez de Puigdemont no se diferencia en mucho, por otra parte, de la de esos 17 diputados independentistas catalanes que, a pesar de proclamar todos los días que no son españoles, cobran religiosamente cada mes un sueldo del Estado español por ocupar su escaño en el Congreso. Al menos en eso, los antisistema de la CUP fueron bastante más coherentes y no se presentaron a las pasadas elecciones generales.

Está muy bien y es de alabar la normalización de las relaciones entre el Gobierno y la Generalitat y el exuberante despliegue de apelaciones al diálogo político en vísperas electorales, pero es de esperar también que Rajoy tenga claro que el final de Puigdemont y de sus conmilitones independentistas no puede ser el mismo que el del hijo pródigo, por bella que sea la parábola. Es decir, que lo que no sería de recibo es que, a cambio de volver a la senda constitucional, quien ha dilapidado la fortuna malgastándola en juergas independentistas reciba ahora un trato de favor financiero por parte del Estado a costa de los que han administrado con rigor la escasez. Porque, aunque no sean tan irresponsables como Artur Mas y como Carles Puigdemont, la pela es la pela también para el resto de españoles.

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