La rebelión contra las élites se extiende


Con la llegada de la gran recesión, el juego de la política económica -y por extensión del conjunto de la política- se ha hecho muy difícil de jugar. A lo largo de los últimos años, en buena parte del mundo los gobernantes se han encontrado ante complejos dilemas a los que con frecuencia no han sabido dar la respuesta adecuada. En el fondo, lo que late es la gran contradicción que se puso de manifiesto en el 2008: vivimos en una situación de deudas privadas y públicas fuera de escala, que hay que reducir si no queremos que lo del colapso a un plazo no muy lejano vaya en serio, pero también necesitamos hacer algo serio para salir de la profunda tendencia al estancamiento económico que nos acompaña.

Ambas cosas están en abierto conflicto, ante lo cual la política económica solo puede hacer una de estas tres cosas: renunciar íntegramente a la primera, a la segunda, o tratar de equilibrar las renuncias que se hagan en los dos sentidos. Esto último, que desde luego parece lo más recomendable, exige matices, sutileza, pragmatismo, cambios de dirección en las decisiones adoptadas, extensión en el tiempo del cumplimiento de los objetivos. Algo que resulta más fácil de enunciar que de llevar a la práctica. Lo estamos viendo sobre todo en Europa, donde la inclemente y fallida política de austeridad -obsesión por el ajuste, completo olvido de las amenazas ciertas de estancamiento y deflación- ya hace algunos meses que se intenta sustituir por otra línea que deje algunos márgenes para esos matices. Desde luego, con muy escaso éxito: los costes sociales de esa política siguen siendo lacerantes.

Por lo demás, no se trata de un fenómeno nuevo: la crisis y el sobreajuste lo ha exacerbado, pero la tendencia hacia la desigualdad, la reducción de la participación de los salarios en la renta nacional, vienen de lejos, exactamente de los años ochenta, si bien durante el período de expansión quedó en buena parte oculto -como tantas otras cosas- por el océano de crédito barato. Pero el capitalismo, al que la expansión del Estado de bienestar había convertido en un sistema muy inclusivo, perdió una parte de esa característica en las dos últimas décadas.

El caso es que como consecuencia de todo ello el malestar no ha dejado de extenderse y hacerse más profundo, con manifestaciones diversas y a veces muy discordantes entre sí. En los casos más frecuentes, ese creciente desasosiego se traduce (al combinarse con reflejos de miedo al otro y xenofobia) en un contingente notable de votos a formaciones de derecha extrema; más ocasionalmente, en lo que ha dado en llamarse populismo de izquierda. Y no faltan reacciones separatistas (sea frente a la idea de España o la de Europa). Pero todo ello tiene una matriz común: la rebelión contra el sistema; o, más precisamente, contra las élites dirigentes. En consecuencia, los viejos equilibrios políticos están rotos. Y lo estarán, parece, por una buena temporada.

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