Recuperar el control frente al populismo


Antes del rescate de los grandes bancos y la bancarrota de los Estados, era moneda común confiar a la globalización y liberalización de los mercados mundiales el progreso y bienestar generalizados. Fue así como durante décadas las alternativas políticas que se turnaban en el Gobierno (republicanos o demócratas, conservadores o socialdemócratas, CDU y SPD, liberales o progresistas) asumieron que lo que era bueno para las empresas y bancos globales era bueno para sus países.

Mientras iban laminando las clases medias, las expectativas de escalera social, las bases fiscales para financiar el Estado de bienestar (las pensiones, la sanidad, etcétera) interno a nuestros países, dieron entrada a mano de obra barata e inmigrante para cubrir las necesidades laborales (para tener criados muy baratos) que no podía cubrir una población autóctona en regresión. Lo que reforzó el deterioro de lo que se consideraba un trabajo digno (ser mileurista pasó a ser privilegio) y aún más la demanda sobre unos servicios públicos (educativos o sanitarios) cada vez peor financiados.

En todo este cambalache globalizador y ultraliberal (solo suspendido temporalmente para salvarlos de sus propias fechorías) se construyeron gigantescos emporios empresariales (con cada vez más plantas en el extranjero), se multiplicó una casta de ejecutivos y rentistas multimillonarios, y se fueron corrompiendo cargos públicos y de variadas organizaciones sociales.

El escenario social quedaba así bien abonado para que contase con una clientela creciente aquel que prometiese frenar la invasión de inmigrantes, defender la producción nacional frente a las importaciones o reservar el acceso a los servicios del anoréxico Estado de bienestar solo para los compatriotas.

La idea de recuperar el control del Estado nacional, frente a la todopoderosa globalización, es la que está detrás del discurso de los que en EE.UU. secundan al candidato republicano Trump (allí contra la amenaza asiática de sus multinacionales y los inmigrantes), de los que secundan en el Reino Unido la opción del brexit (por la amenaza de la UE, el BCE y los inmigrantes), los que respaldan a Alternativa para Alemania (por la amenaza de los PIGS para el euro) o los que en Francia se suman a las filas de una ultraderecha chovinista y patriótica.

En todos los casos sus seguidores son en buena medida trabajadores y ciudadanos (con frecuencia jubilados) nativos que consideran culpables del progresivo deterioro de su calidad de vida a extranjeros (internos y externos) y se quejan de barrios donde ya no se oye apenas el idioma nacional. Respaldan así a movimientos xenófobos y ultranacionalistas que les venden esta cómoda simplificación de las causas de sus males.

Mientras tanto, los cómplices -de izquierda y derecha- del prolongado liberalismo globalizador, desnudos y mudos ante la debacle social que han originado (cierto que con sus bolsillos bien repletos), apenas prometen reajustar un Estado de bienestar que han saqueado por activa y por pasiva, o bien soñar con un nuevo modelo competitivo global. Mal asunto: música ambiental frente a himnos patrióticos.

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