El monstruo de las tinieblas


El río Ebro bajaba ayer silencioso como si arrastrara todas las lágrimas derramadas por los muertos de Maelbeek y Zaventem, en la lluviosa Bruselas. No muy lejos suenan los tambores y las trompetas que levantan su grito de dolor a la luna llena, que brilla en lo alto ajena a tanta tragedia. La gente camina callada y sigue la comitiva con la cabeza gacha y la mirada perdida entre las baldosas del pavimento, como si no pudiese abstraerse en este momento de la sangre que sigue manando incesante en su imaginación, como si corriese a torrentes por las calles.

Gente inocente a la que le arrebataron el aliento por una simple combinación del azar. El eco del dolor que no cesa. Europa entera tiene el miedo en el cuerpo y lo masca en silencio con la cara iluminada por la luz de las velas de la inocencia. Miles de llamas débiles que claman impotentes por un gesto de humanidad. Cuando los temores horadan el interior de nuestras convicciones el futuro se oscurece.

La libertad siempre ha sido vulnerable, pero ahora tratan de descuartizarla minando los valores conquistados con mares de sangre. Las ideologías del abismo siempre tratan de asaltar los pilares más fuertes de la humanidad sembrando la muerte de forma gratuita. El terror como forma de guerra, con sucursales para matar. Kamikazes apostados dentro de las murallas que la Europa errática trata de levantar cuando la confusión se extiende como una epidemia de nuestro tiempo. Tal vez el viejo continente haya perdido la brújula o se le hayan descolorido los ideales. Ojalá pueda recomponer su alma y tenderla de nuevo al sol y su luz pueda cegar al monstruo de las tinieblas. La gente se merece que la realidad no se burle de sus sueños.

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