El obsceno espectáculo de las inauguraciones


¿Qué importante razón hizo que se reunieran el lunes pasado la ministra de Fomento, la ministra de Empleo, el delegado del Gobierno en Galicia, la presidenta de la Diputación de Pontevedra, varios concejales del equipo de gobierno del Ayuntamiento de Vigo y otros de la oposición y otras autoridades? Pues salir en una foto, que como además salió desenfocada por el bochornoso espectáculo del enfrentamiento entre autoridades para chupar más cámara, convirtió el acto en una parodia.

Pero la risa se debería transformar en indignación ante actos similares que se reproducen por miles de veces a lo largo del año por todo el país. En primer lugar, porque las inauguraciones -especialmente, como en este caso, en el que no se inaugura nada y solo se publicita el comienzo de las obras- son actos absolutamente vacíos, solo una coartada para salir en los medios de comunicación.

En segundo lugar, porque los que organizan estos actos nos están insultando a todos: piensan que con estas representaciones -disfrazándose durante un rato de obreros de la construcción estrenando un casco blanco impoluto- van a conseguir que los premiemos con nuestro voto. ¿Pero quién se creen que somos? ¿Por qué nos faltan al respeto de esa manera?

En tercer lugar, pero lo más importante, es el inaceptable coste de estos espectáculos. No me refiero, que también, al gasto de desplazar a decenas de personas que componen el sequito de las autoridades. Dejemos eso a un lado, aunque esté pagado con dinero público, porque el coste fundamental es lo que se denomina coste de oportunidad. Dicho en plata ¿la ministra de Empleo, por ejemplo, no tiene nada mejor que hacer que dedicar varias horas a participar en este tipo de actuaciones?

Uno piensa en la enorme responsabilidad de dirigir un ministerio, una Diputación o un Ayuntamiento, en los millones de euros que tiene que gestionar, en las complejas decisiones que adoptan cada día y se imagina a sus responsables dedicando muchas horas a reunirse con expertos, al estudio de documentos y planes, al conocimiento de las experiencias de otros países, a intercambiar opiniones con otros gestores, a compartir sus proyectos con las organizaciones representativas de la sociedad civil de su sector, a evaluar los resultados de las medidas adoptadas, incluso a comprobar como usuario anónimo el funcionamiento de los servicios que dependen de su gestión.

Una agenda infernal, para la que no llegan las horas del día, que además debe compatibilizar con las reuniones del Gobierno, su presencia en los plenos, su participación en instituciones de otro ámbito, desde el europeo hasta el de las comunidades autónomas, los viajes y un largo etcétera de responsabilidades institucionales de carácter ineludible.

Pues no, nada de eso. En su agenda parece más importante una foto que intentar resolver los problemas reales de los ciudadanos. Una propuesta final: no deberíamos volver a votar al que veamos perder el tiempo en este tipo de actos. Sea quien sea.

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