¿Y las manifas?


Como ya había sucedido en septiembre con la foto del pequeño Aylan, ante las imágenes de los refugiados hundidos en el barro de los campos de Idomeni, la acomodada sociedad europea ha expresado a coro su espanto. Por un lado, las iras se han desatado, con toda la razón, contra el acuerdo por el que la UE ha contratado por 6.000 millones de euros a Turquía para que haga de matón de discoteca en las puertas de Occidente. Y por otra parte, cargados de sinrazón, miles de votantes se decantan por partidos populistas y xenófobos con la enfermiza esperanza de que el racismo burocrático frene la entrada de inmigrantes en el continente.

Pero los políticos, aunque lo parezcan, no son extraterrestres nacidos de unas vainas descargadas por platillos volantes en los despachos de Bruselas o Berlín. En los países democráticos los dirigentes públicos son la imagen -algo distorsionada, eso sí- de las propias sociedades. Y más allá de su miopía y su vergonzoso cortoplacismo, en el fondo están reproduciendo a gran escala los miedos, los prejuicios, el egoísmo y la miseria moral de una Europa incapaz de asumir los sacrificios necesarios para integrar con generosidad y coraje a quienes solo buscan techo y trabajo lejos de la guerra y el hambre.

Por eso, estos días habrá algunas protestas callejeras, pero no habrá manifestaciones multitudinarias reclamando a la UE que retire sus alambradas. Porque teclear nuestro descontento en las redes, a través de artilugios móviles de última generación, es lo máximo que estamos dispuestos a movilizarnos por los refugiados.

Menos mal que hay otro mundo que conserva el alma intacta: el de los voluntarios que también se hunden en el fango de Idomeni.

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