Perderán hasta las siglas, señores socialistas


La apuesta de Blaise Pascal se resumía en el siguiente apotegma: Si ganas, lo ganas todo; si pierdes, no pierdes nada. Se refería el matemático y físico y filósofo a la creencia en la existencia de Dios. Pedro Sánchez, que no es ni matemático ni físico ni filósofo, quizá conocía el argumento pascaliano. Su apuesta por conseguir la presidencia del Gobierno de España se basaba en el mismo fundamento: si soy presidente, todo; si no lo soy, no pasa nada. Se equivocó en la segunda parte del sintagma. Todo lo ha perdido. Él y el socialismo. Porque nunca, nadie, rozó tanto el adefesio en la casa que a todos nos representa, el Congreso de los Diputados. Una institución fulcral en la democracia que se ha revertido en estos días para contemplar la degradación del que ha sido el partido más importante de la historia democrática española, el que más tiempo ha gobernado, el que más poder ha acumulado, el que realizó muchas de las transformaciones esenciales de la España contemporánea. Pedro Sánchez y Luena y Hernando han llevado al PSOE a la ruina electoral e ideológica (por aleatoria): la estantigua o esperpento de lo que fue. Es improbable hacerle más daño a la ciudadanía. Porque España, sin el PSOE, ya no será España.

Se consumó la farsa de la investidura. Me cuesta creer que un candidato a la presidencia del Gobierno pueda sufrir una humillación mayor. La ironía y sarcasmo de Rajoy. El repudio de los nacionalistas. Pero, sobre todo, la canallería que escondían las palabras incendiarias de Pablo Iglesias. Me pregunto cómo Sánchez no se levantó de su asiento cuando insinuó que el hombre principal de la historia del socialismo, Felipe González, era un asesino. ¿Cómo pudo el PSOE darle a estos las alcaldías de A Coruña o Ferrol, por ejemplo? (A cambio de algunas autonomías, obviamente: por el poder, todo vale). Iglesias ha conseguido su objetivo: es el nuevo líder de la izquierda. ¿Qué le queda al PSOE?

En primer lugar debe contrarrestar el empuje dialéctico de Iglesias. Sánchez no puede. Su nimiedad retórica es mayúscula. En sus proximidades, también. Que Luena sea número dos del PSOE solo se puede entender si el secretario general es un ignaro, o sea, un inconsciente. Porque, de no serlo, concluyo que solo lo mueve el interés propio. Salvarse a sí mismo aunque su partido sucumba: el peor resultado histórico, la primera investidura fallida, la afrenta a su icono González.

Este es el dilema socialista: o pacta con el PP (¿para qué con Ciudadanos?) o con el populismo más los independentistas. Otra opción -la más verosímil a día de hoy- son nuevos comicios, pero quizá eso desean Iglesias y Garzón, que irán juntos a las elecciones para ejecutar el sorpasso. Si acierta el PSOE, ganará el socialismo y ganará España. Si se equivoca, a pesar de Blaise Pascal, todo lo perderá. Hasta las siglas, señores socialistas.

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